Su corazón latía muy fuerte y el silencio le daba más sonoridad a esa caja de su pecho... Tuc, tuc, tuc, el eco arañaba las paredes y cada vez los latidos eran más fuertes.
La sensación de estar dentro de una caja era inevitable, el sofoco eterno de la noche aumentaba violentamente y las entrañas de Medina se removían, y la fátiga era peor y la bola en la garganta se agigantaba. Medina no sabía lo que le esperaba o sí sabía, pero en las ilusiones del futuro se perdía y pretendía que estaba bien, que todo era producto de una falla, de un error humano. Lo que Medina sí sabía era que, el miedo no sabe de ilusiones, el miedo es lo contrario a una vida llena de esperanza. El miedo es la condena de la mente. Y es que la mente es tan frágil, repetía Medina en la penumbra.
Después de todo...¿Qué es la oscuridad? ¿Qué son las sombras? No son nada más que un estado en el que decidimos vivir, pensaba Medina y se respondía a sí mismo. Y en el fondo esa caja roja de su pecho le seguía acompañando con sonidos tajantes. Medina y la oscuridad. La oscuridad y Medina. En la permanente agitación, Medina recordaba sus años de poeta errante, de bohemio exótico aunque ahora la oscuridad caía con gran peso sobre sus hombros, tan pesada que sentía el dolor en su cuerpo.
“Medina, Medina despierte ya. Medina que me preocupo. Medina llamaré a su hija", decía la encargada del servicio en su casa. Proseguido, Medina despertó de sopetón y vio la luz finalmente, quizás como nunca la había visto. Medina estaba confundido igual, desorientado pues pensaba que ya vivía el fin de una larga vida. Lili lo observó y le preguntó: ¿Acaso no recuerda que anoche hubo un apagón? Fue muy largo, señor. A lo que Medina responde: Ah, es que no recordaba que aún vivo en Venezuela. Y ahora lo único que resonaba en la habitación eran sus propias carcajadas.