EL ABURRIDO Y DESQUICIANTE MUNDO DEL TRÁFICO
-Maestro, otra pregunta. Otra más .
-¿De qué se trata ahora?
-¿Hay algún lugar donde el odio domine el hombre? ¿Algún recóndito escondrijo donde el egoísmo sea su fin exclusivo? ¿La trampa su herramienta?
-¿Me lo preguntas en serio? Bien, si aún dudas de eso es que no has aprendido nada. Deberías sacar más partido a la sabiduría hijo; tomar en consideración mis consejos. Dejar de ser lo que eres y convertirte en un referente inmoral: como yo.
-Perdón maestro, pero aún se mantiene en mí la ignorancia. Mis preguntas retóricas han sido insuficientes para iluminar su alma. Hablo de un mundo en el que todo vale; un lugar donde la insolidaridad sea norma y ley. Más que en cualquier otro rincón de la tierra poblada.
-¿Adónde pretendes llegar? Todas tus historias cuentan principios parecidos ¿Cuál será su final? Has arremetido contra un sinnúmero de cosas y un sinfín de causas. ¿A qué le toca ahora? ¿Los barrenderos de tu calle? ¿El mundo de la apicultura? ¿Acaso el tráfico?
-Bingo maestro, de eso mismo se trata. El tráfico rodado.
¡Oh, qué sorpresa!...Un individuo que odia el tráfico. ¡Estamos ante un cínico de los buenos! Queda del todo clara tu misantropía. Bien: dispara tu insípida historia. Ansío escucharte y rellenar así el inmenso vacío de mi vida.
-Maestro, le noto irónico. ¿He dicho algo que le molestara?
-No, no eres tú quién tiene la culpa-dijo algo alicaído el maestro-.He elegido el camino del cinismo, donde debes buscar puntos negros incluso al más dulce arcoíris. Cualquier comportamiento humano me insatisface despertando en mi la más abyecta desaprobación. Soy un misántropo de los buenos; esa es mi desgracia. Una carga, no un consuelo. Pero bueno…cuéntame la dichosa historia.
-Espero que se reponga pronto maestro: ojalá la realidad nunca pueda con usted. Narraré el capítulo tal y como tenía previsto. Como antes le dije, el tema será el tráfico rodado. Pero mejor empezaré por el principio. A continuación, la obtención del carnet de conducir.
Allá va.
HAY QUE SACARSE EL CARNET
Conseguir el permiso de conducir. Momento de tu definitiva transición al mundo adulto. Ni afeitarse por vez primera ni hostias en vinagre: ver tu jeto plastificado en un carnet de conducir es la prueba del pañuelo que te saca a patadas de la adolescencia.
¿Ya lo tienes? ¿Te has sacado el carnet? Enhorabuena. Has sufrido mucho para llegar hasta aquí. Ahora, despertemos en ti los traumas que con esfuerzo, tu conciencia ha conseguido reprimir. Recordemos, sin nostalgia alguna, el infame proceso que ha traído tus huesos hasta aquí.
MATRICULARTE EN LA AUTOESCUELA
Es verano. Tienes entre 18 y 22 años. Tú vida primermundista te hace crearte altas expectativas lúdicas para los meses veraniegos. Pasan los primeros días y ves que tus geniales ilusiones eran pura fantasía. La realidad te obsequia con horas muertas, aburrimiento y poco dinero para diversión. ¿Qué hacer entonces? ¿Matar el tiempo? Mejor aprovecharlo. Y antes que perder tu vida jugando ante el ordenador o devorando pipas en el banco de un parque, prefieres matricularte en la autoescuela, sacar provecho al estío, y obtener el carnet de conducir.
Pronto verás que el aburrimiento no era tan mal compañero.
Te presentas en la autoescuela. Te atiende la secretaria, mujer que te informará de los sablazos venideros. Tú, triste infeliz de tu suerte, dices que sí a todo lo que ella te dice. Andas deseoso de ver cómo las sanguijuelas del volante purgan tus bolsillos. Una vez obtiene tu aprobación, la vieja secretaria sonríe tras captar un nuevo alma para su averno, haciéndote después pasar a la sala de test. En ella, un frío ambiente cala tus huesos. Ante tus ojos, jóvenes alienados frente a un ordenador realizan test de manera intensiva. ¿La comunicación entre los presentes? Nula. ¿Y el objetivo de esto? ¿Cuál es? Pues alumbrar tu mente con conceptos hasta ahora desconocidos: descubres por ejemplo, que en los accidentes de tráfico muere gente y que existe riesgo de atropellar peatones.
Llevas gastados 200 euros.
¿Cómo es ahora tu vida? Pues amorfa como antes, solo que con una forma diferente en su fealdad. Llevas tres semanas contestando en los test idénticas estupideces: una y otra vez. Y otra vez más. Tú vida parece consumirse en una vela, hasta que por fin, te cansas y decides romper la baraja: vas a recepción y dices que osas presentarte a examen.
Pensabas que el final del túnel se acercaba, pero una voz te susurra que la agonía solo acaba de comenzar. En la misma recepción, la secretaria te pide cita para el reconocimiento médico y te comenta las tasas del examen.
Resumiendo, la graciosa broma sumará 150 euros más.
Para el próximo capítulo,el reconocimiento médico:una aventura de armas tomar.