Fue una amistad atípica
Nuestros padres nos advirtieron que ninguno le convenía al otro. Sin embargo, las veces que compartimos, nos soportamos gustosamente. Creo que la timidez de ambos ayudó a que nos lleváramos bien. Éramos un par de niños que compartían a diario, sin preocupaciones, sin maldad, ni prejuicios.
La primera vez que hablamos fue sobre Mazinger Z, nos gustaba esa comiquita. Ese día también nos dimos cuenta que a los dos nos apasionaba el fútbol. Éramos como hermanos, solo que nos saltamos las peleas y el bullying. Poco a poco nos convertimos en compinches de tareas y recreos, pese al regaño constante de nuestros padres cuando se enteraban que habíamos hablado.
Nunca fui tan feliz con una amistad
No entendía por qué decían que eras alguien malo, si cuando estaba triste, siempre estuviste allí, recomendándome hacer la tarea y portarme bien. Para mí eso fue real, sin duda.
A temprana edad entendí que lo prohibido se vuelve una pequeña adicción que disimula muy bien la felicidad. Así fuimos: un espejo de alegrías... Tú eras la imagen viva de todo lo que yo necesitaba en ese momento. Yo fui tu instante de paz, sobornado además con el silencio entrecortado de nuestras geniales conversaciones.
Siempre esperaba con ansias el sonido de la campana que indicaba el inicio del recreo para verte, pero desde un día de febrero no volviste más. Los lunes de entonces fueron transformándose rápidamente en viernes y así, en un abrir y cerrar de ojos, llego el adiós de junio. Escapaste, huiste, no lo sé, pero esta vez no volviste.
Mis padres siempre me decían que tú no eras nadie, pero para mí no eras cualquiera
En realidad, fuiste un gran alguien, por eso me dolió que no hubiese un “adiós” y es que cuando no nos dicen esa palabra, el corazón se hace cómplice de la esperanza y surge una eterna expectativa por oír una despedida. La razón tarda en comprender cualquier ausencia: no hubo excepción con la tuya.
Elegí conocer a mucha gente luego de nuestra separación, pero ninguna era tan real como tú. Todas eran tan comunes, predecibles y poco divertidas. Nadie me enseñó a extrañarte, todo lo contrario, me dieron muchas recomendaciones de cómo olvidarte, porque supuestamente no era sano atarme a ti.
Decidí escribirte esta carta mucho tiempo después...
... Luego que mis padres me dijeran que tú eras como el Niño Jesús, como San Nicolás, como el Ratoncito Pérez y la Cigüeña. Noté que, al igual que ellos, pero como mi amigo particular, me trajiste esperanza y también una paz que, hasta el día de hoy, no he encontrado. Por eso y por muchas otras razones más, podría decir que no fue una locura nuestra amistad.
Ha pasado mucho tiempo. Años van y vienen. Maduré, soy otra persona. A pesar de mi edad, aún espero con ansias encontrarte un día para ver cómo te ha afectado a ti esto de crecer, si tienes canas, estás delgado o te falta el cabello. Quizás no creciste y sigues siendo todavía esa personita capaz de avivar la sonrisa de cualquiera. La verdad no lo sé.
Necesitaba decirte todo esto y darte infinitas gracias por regalarme ese momento de inocencia, porque justo esa inocencia es la que me falta hoy para soñar sin los miedos que te genera ser un adulto. Te agradezco haber sido mi amigo imaginario y su vez ser el más real que he encontrado en muchísimo tiempo.