Así como si fuera un parasito, llega y se instala en la cabeza. Comienza a mordisquear poco a poco, aún es pequeño, aún es una cría y no logras notar que ha comenzado.
Ahora que ha crecido un poco, te ha provocado una extraña sensación de inquietud, es como si algo fuera diferente, pero no sabes qué, simplemente algo no anda bien, pero lo ignoras como si de solo un escalofrío se tratara. Tu pecho se comienza a apretar, poco más, poco más, tu garganta se encoge pero no has enfermado, descuida, es mucho peor.
Tus pulmones se enfrían y sientes unas fuertes nauceas, pero la presión no te permite vomitar, tus piernas y tus manos tiemblan, e incluso tus labios... ¿Es acaso esa una sonrisa?
Te está costando aún más respirar, no tienes idea de qué hacer, te sientes desesperado, rasguñas tus muslos, halas tu cabello, craquéas tus dientes, por fin tu pecho se calma un poco, te sientes aliviado, tomas aire a fondo, inhalas profundamente pero cuando exhalas no solo sale de ti dioxido de carbono, tambien lagrimas, muchas lagrimas que caen sin parar por tu mejilla, por tu nariz y se acumulan en tu mentón.
Sientes que tu pecho se vuelve a apretar, pero lo contienes, esta vez eres tú quien lo está apretando ¿No quieres que nadie te escuche? Sumerges tu cara sobre una gran pila de almohadas y sábanas y allí escondes todo tu sufrimiento, no has dicho lo que ha ocurrido, solo lo has dejado pasar; aún tienes aquel parasido mordisqueando tu cerebro, lo sientes caminar en las noches por tus venas, y al llegar la hora de dormir, es cuando él se alimenta, y comienza a mordisquear, y mordisquear.
¿Tu pequeño amigo insecto ya es adulto? Cariño... ¿Cuánto lo dejaste alimentarse de ti? Ahora es parte de tu ser, es parte de tu vida, ocupa gran parte de tu tiempo y es tu único compañero social.