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En la madrugada de un frío invierno, oía el repiquetear de la lluvia sobre el tejado de mi casa, mientras le daba el último repaso a un párrafo que se me atragantaba como una espina en la garganta. Guardé lo escrito y abrí el correo electrónico para leer los correos que me habían llegado. Me llamó la atención un comentario sobre un relato que había escrito hacía más de un año en mi blog. La autora firmaba con el seudónimo de Jezzabel, que acompañaba con un pequeño icono, que parecía una serpiente con dos afilados colmillos. Sin darle la mayor importancia, le contesté de forma cordial y agradeciéndole su interés por mis relatos.
A la mañana siguiente encendí mi ordenador portátil y me puse en la tarea de seguir con la novela en que llevaba trabajando hacia algunos años. Abrí el programa de correo electrónico y allí estaba Jezzabel, con una nueva nota sobre otro de mis relatos.
Durante el resto de los días, seguí trabajando, incansablemente, sobre lo que me quedaba de mi novela, y día tras día, recibía una misiva electrónica de la misteriosa Jezzabel.
Con el paso de las semanas, me fui acostumbrando a sus notas, a las que contestaba con puntualidad germana.
Yo, por naturaleza, soy un hombre solitario, de contadas amistades, en las que se encuentran un perro, dos gatos y siete peces. Mi relación con las mujeres, es, por así decirlo, esporádica, de entrar y salir, sin pensar ni un momento en quedarme, pero este personaje empezaba a interesarme.
Sin darle muchas vueltas a la cabeza, me atreví a pedirle su correo electrónico y al poco obtuve respuesta. A partir de ese momento, comenzamos a intercambiarnos un sin fin de correos, hasta que yo le propuse que nos conociéramos personalmente. Al principio, tuvo las conocidas reticencias que generan las amistades por Internet y lo principal, que era una mujer casada.
Sin saber porqué, a partir de ese momento, sus comentarios se fueron distanciando en el tiempo, como un eco que se pierde en un acantilado, hasta que un buen día, Jezzabel desapareció de mi cibernética vida.
Terminé mi novela de tiros, sangre, intrigas y asesinatos, que resultó todo un éxito de ventas. Por esta razón, mi editor se empeñó en que tenía que estar en la Feria del Libro de Madrid para promocionarla y de esta manera aumentar las ventas, que ya de por sí, iban viento en popa.
Así que la editorial montó el correspondiente chiringuito y yo me dispuse al arduo trabajo de firmar ejemplares a mis entusiastas lectores, que se merecen eso y más. Cuando ya me disponía a recoger todos mis bártulos, porque ya era la hora del cierre, apareció una mujer, con los ojos negros como el azabache, la mirada serena, con un vestido rojo y un ejemplar de mi novela apoyado en sus hermosos pechos. Me quedé unos instantes observándola, admirando su hermosura arrebatadora. Ella me sonrió y me dijo:
—¿Llego tarde para que me lo dedique?
—No, por supuesto que no, estamos aquí para esto. Deme el libro ¿Me dice su nombre? —le dije intentando desviar mi mirada de las puertas de su generoso escote.
—Jezzabel, me llamo Jezzabel.
En ese momento no caí en la cuenta, porque habían pasado más de cuatro años desde que intercambiamos nuestras primeras palabras. Mientras escribía, ella apoyaba ambas manos en la mesa, entonces observé el anillo que llevaba en su mano derecha que era la cabeza de una cobra mostrando sus dos temibles colmillos que parecían dos preciosos rubíes.
En ese momento levanté la cabeza, ella me sonrió y le dije:
—Tengo la impresión de haber visto ese anillo en algún lugar y además relacionado con su nombre.
—¿Sí? ¿Y de qué lo recuerda? —dijo haciéndose la interesante.
—Por suerte tengo buena memoria fotográfica y ese anillo se corresponde con un símbolo con el que firmaba una seguidora de mi blog. ¿No será usted por un casual?
—Le podría decir que sí y también que no. Pero ya no tenemos edad para estas tonterías, ¿verdad?
—En eso lleva usted toda la razón. ¿Entonces es usted la misteriosa Jezzabel?
—Yo soy Jezzabel. Aunque mi verdadero nombre es Raquel, pero no quiero que me llames así, para ti soy Jezzabel —me dijo dejando en la cuneta el respetuoso usted.
—¿Y qué haces por aquí?
—Esta mañana, hojeando el periódico, encontré un suplemento sobre la Feria del Libro y cual fue mi sorpresa cuando vi que tú estabas firmando libros en mi ciudad y me dije, que diantre, vamos a conocerlo. Y aquí estoy. ¿Qué planes tienes para esta noche?
—Pues nada, pensaba dar un paseo por la noche de Madrid, cenar algo e irme a dormir.
—Perfecto, pensaba que podrías tener algún compromiso de esos irrenunciables. Me encantaría invitarte a cenar. Lo tengo casi todo planeado, solo tengo que hacer una llamada. ¿Puede ser?
Yo la miré durante unos instantes, y pensé que, aunque tuviera una cena con el presidente del Consejo de mi editorial, no renunciaría a una velada con aquella espectacular mujer.
—¿Quién te puede decir que no, Jezzabel? Vayamos a cenar.
—Me gusta oír ese nombre de tu boca. Y tienes razón, pocos hombres me dicen que no.
Yo le sonreí y la seguí sin perder de vista cada uno de sus movimientos sensuales que invitaban a perderse en los mundanales placeres de la lujuria más absoluta. Caminamos unos metros hasta llegar a su coche, que era un impresionante Mercedes, biplaza, rojo con asientos color crema. Antes de subirse, cogió su teléfono móvil y habló durante unos segundos diciéndole a su interlocutor que estaríamos en una hora y que tuviera todo preparado.
Por el camino, le pregunté:
—¿Por qué dejaste de escribirme?
—Cosas que pasan en los matrimonios, ya sabes, celos, un marido muy hijoputa y cosas de esas. Por cierto, esta novela es magnífica, trepidante, intrigante, ufff, me ha encantado.
Justo en ese momento, quise preguntarle por su marido, pero preferí no mentar al diablo, lo dejé correr y le contesté:
—Gracias, creo que no es una de mis mejores novelas.
—No, no, me he leído todas tus novelas y esta es la mejor, sin duda ninguna.
—Eso dicen los críticos.
—¡Qué sabrán esos!, jajajajaja.
Después de una hora de camino, llegamos a un pequeño chalet que estaba a las afueras de Madrid. Salió a recibirnos un joven que tenía toda la pinta de ser el mayordomo, que nos saludó sin decir una palabra, cogió las llaves del Mercedes y se perdió en un instante.
Entramos al chalet, atravesamos un gran pasillo con paredes de piedras que estaban rematadas con extraordinarias obras de arte y llegamos a un gran salón en el que había preparada una mesa con cubiertos para dos comensales. Al poco rato, llegó el mayordomo y una hermosa camarera.
El mayordomo me indicó, con un gesto, donde tenía que sentarme, después nos sirvió un poco de vino y entre copa y copa, le pregunté:
—¿Por qué llevas una cobra en tu anillo?
—Siempre me han atraído las serpientes, en especial las cobras, son tan enigmáticas y peligrosas. De hecho, tengo un colgante igual, pero un poco más grande —me dijo, desabrochándose tres botones de su vestido, dejando a la vista sus apetitosos pechos.
—Ya lo veo.
—Qué vas a ver desde ahí —me dijo, levantándose y dirigiéndose hacia donde yo estaba, sabiendo que ella controlaba, esa noche, el juego que yo hasta ese momento desconocía.
Se acercó tanto, que pude oler el aroma de su cuerpo, dulce y ácido a la vez, y embriagador que despertó, de un manotazo, todas las hormonas de mi ser. De un movimiento, giró la silla en la que estaba sentado, dejándome frente a ella, con sus frescos pezones a un palmo de mis labios. Luego se sentó a horcajadas encima de mí y me dijo con una sonrisa pícara:
—Ahora sí lo ves claramente. Los colmillos son dos rubíes, los ojos dos diamantes, todo montado sobre oro de dieciocho quilates.
Tuve que esforzarme para detener una erección inminente, pero esa era una misión imposible, porque su veneno ya estaba corriendo por mi sangre.
De la misma forma que se sentó sobre mí, se levantó dirigiéndose hacia su asiento, abrochándose un solo botón de los tres que había liberado.
Después de la cena, me llevó hacia la biblioteca y me enseñó una inmensa colección de libros en los que pude encontrar obras maestras, e incluso varios incunables originales de los grandes maestros de la literatura universal. Entonces le pregunté:
—¿Te los has leído todos?
—La mayoría. Yo tengo dos pasiones, la lectura y el sexo —me respondió después de un sorbo de vino mientras me miraba con una sonrisa.
—¿Y qué piensa tu marido de todo esto?
—¿Mi marido? Siempre fue un cabrón celoso. Ya te comenté que me gustan las serpientes, sobre todo las cobras. Tengo un gran terrario, donde hay algunos ejemplares de serpientes muy peligrosas. El invierno pasado lo quise ampliar y una de las cobras se me escapó, la estuvimos buscando por todos lados y no hubo forma de encontrarla. Al final la encontré en mi habitación enroscada plácidamente bajo la mesita de noche. Lo terrible es que encontré a mi marido tieso y frío, con una mordida en el tobillo izquierdo. El pobre no se enteró, porque tomaba unos somníferos muy fuertes para poder dormir. El trabajo no lo dejaba conciliar el sueño.
—Que tragedia.
—Sí, toda una tragedia, pero ahora soy una viuda feliz con ganas de divertirme y siempre he deseado echar un polvo en esta biblioteca, entre libros y con un escritor, para hacer realidad mis dos mayores deseos —me dijo subiéndose a la mesa, abriendo sus piernas y dejando que el deseo desenfrenado nos guiara esa noche.
Después de aquella noche de sexo sin límites, le perdí la pista y hoy me sigo preguntando lo que ustedes se están cuestionando ahora.
Fuentes de la portada: Pixabay y Canvas.