La puntualidad es una virtud que tengo, pero que, en ciertos momentos, esa puntualidad se me revira como un perro rabioso, y hace que, muchas veces, pierda la paciencia cuando los «otros» no son puntuales.
Pienso que no ser puntual es una falta de respeto absoluta a las personas afectadas, ya que hacemos perder un tiempo precioso de aquellas que sí son puntales. Porque es precisamente el tiempo lo que hacemos perder. El tiempo es un valor que muchos no tienen en cuenta y piensan que se crea por generación espontánea, y que, como magos espléndidos, podemos sacar, cinco, diez, veinte o treinta minutos de la chistera y recuperar ese tiempo perdido.
Pero la cruda realidad es que ese tiempo se va, no se recupera, se pierde como agua entre las manos, no podemos volver atrás porque ese tiempo forma parte ya del pasado y hagamos lo que hagamos no lo vamos a recuperar jamás.
A mí me gustaría ser impuntual, dejarme llevar y si no llego hoy, llego mañana o pasado, pero no puedo, me recorre un no sé qué, cuando sé que puedo llegar tarde y, al final, simple y llanamente, no puedo y estoy casi siempre el primero en cualquier cita. Es mi carácter.
Desconozco qué les pasa por la cabeza a las personas impuntuales, qué elementos extraordinarios se alían para siempre lleguen con retraso a sus respectivas citas. Muchas veces me pregunto qué elementos psicológicos, personales, sociales, culturales, matemáticos, físicos, sexuales, etc…, hacen que unas personas sean puntuales y otras no.
Yo he intentado interiorizar y visualizar cuando empecé yo a ser puntual, en que momento de mi vida supe que ser puntual era importante. Pero como en otras tantas cosas de mi vida, pues no lo he conseguido.
Y me gustaría ser más irreverente con esto de la puntualidad, más duro, más cruel, e irme cuando las personas llegan tarde a una cita, pero tampoco puedo.
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