Estoy nuevamente en la casa: puertas de gruesa madera; techos altos de caña brava; ventanas enrejadas. Cruzo todas las habitaciones y pasillos y salgo al patio. El suelo está cubierto de hierbas de un verde intenso que me llegan a las rodillas. Busco unas tijeras de podar al final del patio, en una habitación que se utiliza para guardar herramientas. Al regresar veo a la niña. Tiene unos cinco años, tal vez cuatro.
Se me acerca. Los rizos de su pelo rubio le llegan a los hombros. Su cara, sus brazos y su vestido están sucios. Su ojo izquierdo es una mancha de un azul blanquecino; en sus brazos hay llagas que ya han dejado de supurar. Se me acerca y me toma la mano derecha. Su tacto es helado. Y aunque no hay nadie más a la vista, yo sé que nadie más la puede ver. Nos sonreímos mutuamente. Percibo que está contenta de encontrarme; yo también estoy contento de verla, pero de una manera dolorosa; soy consciente de su estado: es un ser incompleto, de una sola dimensión y que además ya no puede cambiar.
Tomados de la mano y conversando sobre algo que ya no recuerdo, caminamos hasta el interior de la casa. Entramos a una habitación. Enciendo el televisor. Dan un noticiero en blanco y negro con imágenes de guerra en Medio Oriente. La niña sube y baja de la cama, se sienta en una silla, camina alrededor de la habitación. Todo esto me produce gracia. Pregunta por su madre. Le digo que está de viaje y regresará el fin de semana. Su hermano mayor también está de viaje, continúo. Pienso explicarle que ya no los podrá ver, pero desisto de la idea. No quiero entristecerla.
Salimos a las calles que, por supuesto, están vacías. Caminamos hasta la orilla del mar. Bajo la luz del sol, sus ojos vuelven a ser normales. Está limpia. Sin cicatrices. Está alegre y yo también me alegro por ella.
Desde lo que fue el puerto y ya no es nada, vemos el barco luchar contra el agua. Es negro y pesado, y está a punto de naufragar. En el interior, muchas mujeres y niños gritan y lloran.
La niña aprieta mi mano. La miro.
-¿Yo estaba ahí? -pregunta, como todos los días.
-Sí -le contesto-. Pero ahora estás conmigo.