CONFUSIÓN LINGÜÍSTICA
Nuestro idioma es uno de los más bellos y ricos que existen sobre la tierra. Sin embargo, su uso puede producir situaciones embarazosas, ya que su dominio es bastante difícil.
Un amigo mio, extranjero de esos cuya lengua materna tiene más consonantes que vocales y que suena a nuestros oídos como carraspeos, se enamoró de nuestro país y, dispuesto a disfrutar de nuestras bellezas naturales y clima privilegiado por lo que le quedara de vida, remató sus negocios en su patria y, alegremente, se radico entre nosotros.
Todo iba muy bien, pero tuvo algunos problemas con los intricados vericuetos de la Lengua de Cervantes. A pesar de estudiarla con ahínco y practicarla con pasión, cometía unos errores dignos de un campeonato mundial.
Una mañana , despertó sintiendo un extraño malestar. Ni corto ni perezoso, decidió verse con el mejor especialista que pudiera encontrar.
Buscó afanosamente, entre la larguísima lista de especialidades medicas la que más se adecuara, a su criterio, con su extraña dolencia. Una vez encontrado el profesional idóneo, pidió una cita con suma urgencia.
Acudió puntualmente al consultorio y al llegar a él, lo encontró lleno de pacientes y pensó que su dolencia era muy común. Hasta pensó en la posibilidad de una epidemia causada por algún virus tropical.
Cuando llegó su turno y entro al consultorio, se sorprendió que no lo hicieran desvestir, ni lo acostaran en la incomoda camilla acostumbrada, ni le hiciesen el dolorosísimo examen.
Solamente le ordenaron sentarse delante de un extraño aparato y le indicaron que viera fijamente hacia adelante. Luego, el doctor le tapó un ojo y enseñándole los dedos, le preguntó cuantos veía. Luego hizo lo mismo, tapándole el otro ojo. Nuestro amigo iba de sorpresa en sorpresa, pero no dijo nada para no pasar por ignorante.
Su asombro no tuvo limites cuando el Galeno le colocó unas gotas en cada ojo, y le informó que eran para dilatarle las pupilas. A nuestro amigo le pareció insólito este procedimiento. Pensó que era dar muchos rodeos. Dudaba mucho que pudieran observarle el sitio afectado a través de las pupilas, por muy dilatadas que estuviesen, pero permaneció callado, pensando que la ciencia estaba muy avanzada y que el galeno sabía lo que hacía.
Bueno, para abreviar el cuento, nuestro amigo salió de la consulta con un flamante par de anteojos y viendo perfectamente. Pero sacó a relucir la progenitora de la lengua del Gran Manco de Lepanto, sin la menor consideración a la categoría de la noble señora, cuando, al salir a la calle, comenzó de nuevo a sentir la terrible comezón en el sitio donde nunca pega el sol.
A nosotros no nos queda más remedio que darle la razón. ¿A quien se le ocurre llamar "Oculistas" a los especialistas en el órgano de la visión?