ENTRE ODONTÓLOGOS TE VEAS
Los Odontólogos son llamados corrientemente "Dentistas", estos son profesionales que deben poseer cualidades especiales para ejercer su profesión. Las más relevantes son un alto grado de sadismo y un corazón de piedra para causar a su prójimo tanto dolor sin remordimiento alguno. Son tan peligrosos que deben recurrir a taparse la cara durante sus intervenciones con el objetivo de que sus victimas, Perdón, pacientes, no los reconozcan y así evitar el peligro de ser lapidados al ir por la calle.
Cuando algún infeliz requiere de sus servicios, lo primero que hace el odontólogo es sentarlo en una silla especial, con brazos, muy cómoda ella. Está concebida de modo que el pobre que se siente en ella quede aprisionado, sin poder moverse en lo absoluto.
Un vez indefenso, lo obliga a abrir la boca todo lo posible y comienza a golpearle los dientes con una varilla metálica, preguntándole con voz meliflua, un poco deformada por el tapabocas:
-¿Le Duele?
En vista que su victima no puede contestar por tener la boca abierta, el muérgano aprovecha para seguir golpeando, hasta dar con algún nervio, el mismísimo centro del dolor. El pobre condenado a suplicio no puede resistir y grita desesperadamente. El profesional dice muy orondo, como si hubiera descubierto la cura del sida:
-Es una Caries. ¡Cállese!. No sea cobarde.
Luego comienza a escarbar en el diente que duele, usando un gancho de hierro. Y le da al paciente un buche de agua fría, con la intención de que sienta más profundamente el dolor. Esta agua, mezclada con sangre, hay que esculpirla en una especie de un mini lavamanos que hay a un lado de la silla.
Con sonrisa satánica, (que suponemos bajo el tapabocas) toma la fresa muy tranquilamente, (la fresa es una especie de taladro como el utilizado para abrir las calles, pero más pequeño), la enseña al atormentado y, con sadismo increíble en un ser con alma humana, la enciende cerca del oído del torturado para que, al escuchar el siniestro sonido, empiece a sufrir por anticipado.
Comienza a taladrar muy lentamente el doloroso diente, hasta abrir un enorme hueco. El infeliz doliente pide clemencia y en su lugar, el zángano le vuelve a dar otro buche de agua fría, que esta vez no está mezclado sólo con sangre, sino también con pedazos de diente.
Luego se desencadena el colmo del horror. En el negro, sensible y enorme agujero del diente, en cuyo fondo se ve el blanco filamento del nervio, moviéndose como un gusano cortado, inyecta un chorro de aire helado. El condenado se revuelca del dolor y el sádico sigue regodeándose con la tortura. Cuando se cansa, tala el hueco que él mismo abrió y dice muy infame:
-La caries quedó muy bien. Vuelva dentro de quince días para completar el tratamiento. Necesita una limpieza profunda.
El moribundo paciente, pensando que después de todo lo sufrido, una limpieza no será nada, asiente y muy confiado, vuelve a la consulta en el plazo fijado.
Recomienza el terror. La fulana limpieza se realiza con un gancho metálico y una especie de rueda con papel de lija del mas grueso. Dicha rueda gira a una velocidad vertiginosa y no sólo se lleva la placa y el sarro, sino también parte del esmalte de los dientes y pedazos vivos de las encías.
Una vez el canalla ve al paciente sangrando, le aplica su remedio favorito: Un buche de agua fría. Esto hace que el infeliz desee no haber tenido nunca dientes o sacárselos todos de una vez.... Total, para lo que hay que comer hoy en día aquí en Venezuela, no se necesitan tantos...
Un cristiano que pasa por todo esto no es un ser humano normal, si no le da por lo menos al especialista un puñetazo en pleno Plexo Solar, cuando este le pase la cuenta.