MARAVILLOSO OPTIMISMO
Ver la vida con optimismo nos hace ser audaces en nuestros proyectos y, al proporcionarnos las energías necesarias para llevarlos a cabo, dan el resultado apetecido.
El optimista ve la vida en rosa. Un vaso a la mitad lo considera medio lleno, y apura la copa de la vida con alegría, como si su contenido fuese el mejor y más añejo de los vinos, aunque el destino lo acibare un poco.
El pesimista toma su vaso a la mitad, quejándose de encontrarlo medio vació y, aunque contenga néctar digno de Dioses, siempre le encontrara un cierto sabor amargo. Según él, sus proyectos por muy buenos que sean y bien planificados que estén, fracasarán irremisiblemente, debido a la mala suerte que siempre lo ha perseguido. Su pesimismo transforma el menor incidente de la vida diaria en una terrible catástrofe que, sin duda, traerá trágicas consecuencias. Para él en el jardín del Edén siempre habrá bachacos, culebras y zancudos.
La Siguiente anécdota ilustra perfectamente las dos formas de ver la vida: Rosa para el optimista, quien siempre busca el lado positivo de las cosas y gris para quien lleva el pesimismo en la sangre, buscando y encontrando lo feo y lo malo en todo lo que Dios ha creado.
Dos amigos paseaban por el más esplendente de los jardines. El suntuoso crepúsculo adornaba el firmamento con colores imposibles de describir por medio humanos. Soplaba una fresca y balsámica brisa que sonaba como arpas de serafines cuando reciben un justo en el Paraíso y cada hierba y florecita de la orilla del camino eran un himno de gracias al Creador.
Uno de ellos, con un gesto agrio, advertía que las rosadas nubes del horizonte, amenazaban con convertirse en una espantosa tormenta. Los grillos que empezaban su concierto le molestaban infinitamente por desafinados. Unos pequeños charcos que una reciente llovizna había dejado y que servían de espejo para reflejar el esplendor del cielo, le parecían propicios caldos de cultivo para el florecimiento de todo tipo de plagas y enfermedades. Las piedrecillas le molestaban los pies y la arena se le metía por los zapatos.
A su lado caminaba su amigo, sonriendo para sí mismo, gozando de la paz que la Madre Naturaleza regala a las almas puras. Respiraba a pleno pulmón el aire cargado de aromas que a él le parecían perfumes dignos de Dioses. Cuando las ranas comenzaron a croar, comentó que era la más relajante música que pudiera existir.
El pesimista refunfuñaba y el optimista sonreía, mientras a su alrededor, la Madre Naturaleza celebraba una verdadera orgía de belleza y color.
De pronto, un pajarito que volaba por encima de ellos, buscando su nido, hizo una gracia encima del optimista, ensuciándole el pelo y la camisa. Éste exclamó, lleno de alegría:
¡Gracias Dios Mio! Te agradezco infinitamente el favor que me has concedido.
Su amigo lo miró asombrado y dijo, furioso:
Ahora si es verdad que creo que te has vuelto loco, ¿A quien se le ocurre dar gracias a Dios porque un asqueroso pajarraco lo llenó de porquería?
El optimista, siempre sonriente, le respondió:
No doy gracias a Dios porque el pájaro me ensuciara, se las doy porque no le dio alas a las Vacas.