ATREVIDA
Un auto se detiene en mitad del asfalto. Para dónde vas, le pregunta el que está detrás del volante, tal vez pueda llevarte. Un hombre de 60 años que desconoce los códigos, sonriente y amable le abre la puerta. Ella entra y se acomoda la falda, sus muslos gruesos y torneados quedan al descubierto. Las primeras palabras vienen de él. Tal vez un saludo, una pregunta sobre su lugar de destino. Ella lo ha pensado bien y está decidida. No hay tiempo que perder cuando los niños lloran de hambre en la casa.
Voy a donde tú quieras llevarme, es su respuesta. El hombre detrás del volante se siente contrariado y tonto. El sol es un puñal de luz que le arruga los ojos. Cree no haber escuchado bien y nuevamente le pregunta el lugar de destino. No se ha equivocado: recibe la misma respuesta, ahora más alto y con una picardía de ojos de abanico.
El silencio es un animal que respira cerca de la oreja. Por la mente del hombre, un sin fin de ideas hacen una madeja, un desorden. La mira de reojo, ¿18-20 años? El freno es un instrumento que ha aprendido a utilizar, las carreteras sinuosas y veloces son para jóvenes. Miró aquel cuerpo y lo sospechó autopista. Él había llegado a esa edad con muchos accidentes, sería muy triste si así no lo fuera. En su vida había caído en las trampas de la carne, olfateado los ácidos que te regala el cielo, las blanduras del líquido que te hace arder en el infierno. La oficiante de sexo incita al hambre y a esa edad a aquel hombre no le ofrecen mucho esas delicias de alimentos.
El automóvil se detiene en una de las calles escondidas y polvorosas, mientras adentro una joven dispuesta a todo y dinero en mano, ha hecho que un hombre recuerde cómo es que una boca puede sacar la última gota del aliento.