¡Hola, amigos! Nuevamente por aquí. Como les había comentado, estos relatos son germen de los sucesos que ocurren diariamente en mi país, Venezuela, y aunque muchas personas pueden sentirlos crueles e inhumanos, la realidad es un feo rostro que no soporta maquillaje.
EL NIÑO HA MUERTO
Aquel día habían muerto dos niños: uno en quirófano, el otro en emergencia, pero toda la semana habían conjugado la muerte. La muerte como sujeto, pero también como verbo. Hablar en plural a veces hace daño. Sus cuerpos de pajaritos, traslúcidos e hinchados, habían dejado de respirar dejando la impotencia adherida a las manos que golpean las paredes, que tapan la boca para que no se escuche el llanto; manos temblorosas metidas en la bata blanca cuando gritan en mitad del pasillo: ¿Familiares del niño tal? Y ahí, de frente a la madre decir: lo lamento, el niño ha muerto.
Cuando se graduó su misión era la vida, pero también el país era otro. Desde pequeño había escuchado la historia de José Gregorio Hernández y sus múltiples milagros. Pero cómo se hacían de aquellos con quirófanos contaminados, agujas oxidadas, alcoholes evaporados, jeringas con sangre coagulada.
Desde el insomnio la muerte es el único gesto perdurable. La mujer en la cama lo sabe y le dice que duerma que mañana será otro día, y el hombre no quiere que llegue el otro día. Quiere detener tanta muerte.
Se va a otra habitación, decidido, con una sábana en mano. ¡Un lazo le quitará la vida! Al momento final, a pesar de tener la muerte en sus hombros, se siente liviano, ya no revivirá tanta agonía. A la mañana siguiente las enfermeras le dirán a los que esperan en emergencia: lo lamento, el médico ha muerto. Pretérito perfecto compuesto