Dios, ten piedad de los errantes
La idea del exilio está registrada hasta en la creación del mundo. Adán y Eva son los primeros exiliados de la historia cristiana. El hombre primigenio fue inicialmente el que sufrió el sentimiento de desarraigo, causado por un poder divino. También es el primero en añorar el retorno a un espacio que le perteneció y en donde fue feliz; igualmente es el primero en padecer la prohibición del retorno. Adán fue expulsado por desobedecer, por hacer algo que no estaba permitido. ¿Pero qué han hecho nuestros ciudadanos para que tengan que salir en estampida hacia otros países? ¿Qué ha hecho Venezuela para que sus hijos huyan de sus brazos?
Vamos a hablar de fechas y de números. A comienzo de este año 2018, se decía que habían sido entre 3.1 y 4 millones de venezolanos los que habían salido del país. Sé, sin haber hecho ningún estudio, con solo mirar el entorno, que hasta la fecha esa cifra ha aumentado y que seguramente aumentará en los próximos meses. A estas alturas todos los venezolanos tenemos un familiar, mínimo, fuera de Venezuela. Esa es una parte de la historia que debe ser contada, que no puede quedar en el olvido: a partir de 1998, desde la llegada de Hugo Rafael Chávez Frías, hoy difunto, un país que se hace llamar democrático, empezó a sufrir el más grande éxodo de sus ciudadanos. Esa sí es una verdad irreversible y definitiva.
Los venezolanos están aquí y allá, figuras difuminadas en el horizonte. Ahorita todos los conocen: son doctores cocineros, abogadas peluqueras, profesores mesoneros. Profesionales que zozobran ante el naufragio que es el país. Allá afuera, lejos del territorio emocional de la patria, están ayudando a construir un territorio que le es ajeno, a veces hasta hostil; pero solo por la simple motivación de sostener a los que se han quedado varado en nuestras tierras, permanecen cual pilar de concreto, aunque le horaden los sentimientos.
Reducidos, con la sangre socavada, los venezolanos exiliados han tenido que soportar allá afuera, en una soledad tristísima, el último ultraje a la patria. Miran con incertidumbre el vuelo de regreso, aunque cada noche lo hagan en un sueño. Cada día la distancia se hace más madura, perpetua y más difícil. ¿Cómo podrán mantenerse erguido ante tanta tempestad junta, ante tantos recuerdos destruidos, tanta nociva nostalgia? Cada día la distancia entre ellos y Venezuela se hace más continuada y espaciosa, y no hablo del trecho que puede haber entre un país y otro, sino en el desafecto, el alejamiento, la desemejanza consecutiva que va echando raíces.
Los que nos quedamos aquí, sumidos, nos hemos tenido que inflar de entusiasmo ante la voz familiar al otro lado de la línea, sabiendo que cualquier “te extraño” desinflará sus venas. Hablan del país, como si el país aún existiera, y nosotros que nos quedamos de este lado, tememos decirles que las cosas están más difíciles y que el país se perdió, que el país ya no existe.
En estos días leía un poema de , NINGÚN PAÍS PARA HOMBRES JÓVENES, que me hacía caminar sobre esta ausencia abundante y sostenida. En una de sus estrofas decía:
algunos países los replantarán
y los verán en árboles completamente desarrollados
algún otro país será
polinizado por nuestra diáspora
vamos a florecer en otro lado
porque somos buenos
Dios, te piedad de los venezolanos que están afuera, son tus hijos y los nuestros, que cuando esta pesadilla se acabe y el largo vendaval pase, serán ellos los llamados a limpiar los espejos empañados de nuestras miradas. Serán ellos la muestra de que no todo el país quedó sumergido ni estuvo dormido en esta prolongada y fatídica pesadilla.