Saludos, steemianos y steemianas, espero que hoy estén pasando un mejor jueves. A propósito de ser hoy el Día Internacional de la Mujer, quiero homenajear con un texto a una persona que me enseñó a contar historias y recitar poemas: mi abuela.
EUGENIA
Tomaste una lupa y me enseñaste los gusanos que traías amarrados en tus dedos; me enfrentaste al hueco inmenso que tenías en los ojos y a la cantidad de sangre encostrada en tu espalda. Yo te mostré mi boca llagada de tanto silencio y mis huesos marrones y astillados por tantas noches arrodillada. Luego te fuiste, pero empezaste a volver.
Te esperaba todas las noches aún sabiendo tu dolor mío, mío por ti. Aguardaba con las manos unidas en un rezo, sabiendo que debías volver con todas tus miserias. A dónde te fuiste sin tus vestidos, sin tus zapatos, gritaba con la boca llena de agua hecha llanto sabiendo que no me responderías.
Ya casi no salías de mí. Reinventábamos diálogos, jugábamos a las escondidas, sepultábamos los cadáveres de cucarachas que encontrábamos en el patio. No quise decirle nada de todo esto a los otros porque te habrían dicho que volvieras al lugar donde se anidaba tu alma. Todo el tiempo busqué la forma de guardar el secreto que nos unía. Nadie sospechó nada. Nadie. Hasta que pasó lo de las muñecas. Cuando quise irme contigo y no pude.
Recuerdo que yo permanecía en donde me habías dejado. Cuando regresabas, sabías que estaba allí esperándote. Un olor de animal muerto salía de las llagas que ya empezaban a romperse, a explotar en un cúmulo de amarillo espeso y pútrido. Pero yo seguía postrada esperándote. Una noche, cuando se me hizo imposible tu ausencia, tomé las hojillas. Ahí volviste a aparecer y me dijiste: hoy no es bueno morir. Y ese día te quedaste conmigo.
Cuando el pájaro mayor se dio cuenta, quiso que la muerte saliera de la casa. Habían logrado encontrar un mensaje que nacía de los árboles y las paredes. Era una luz habitante con rostro de mujer despeinada y mala. Decían que los niños lloraban porque veían el rostro desconocido en las paredes de la casa. Que más adelante los niños morirían también, arrastrados por la risa y los juegos de ese rostro. Entonces voló y escupió saliva el pájaro mayor. Gritó resentido cuando vinieron los hombres y quemaron papel y encontraron cruces pintadas en las paredes de los cuartos. Está aquí en la casa, cuidándolos pero también matándolos, dijeron. El perro que llevaban atado se orinó cuando nos vio. Es demasiado tarde, ya hasta las plantas han muerto -dijeron horrorizados y salieron corriendo hacia afuera esperando el desenlace.
Habíamos pasado mucho tiempo llorando, un año, tal vez dos; pero lo que hizo más rápido el final fue el llanto cargado de resentimiento que botó el pájaro macho, que había estado cortando su pecho sin emitir ningún sonido hasta el momento. Él comenzó a contarnos y descubrió que muchas de nosotras habíamos muerto. Descubrió en ese instante que habías estado viviendo con nosotras y que habíamos chupado de tu pecho. Era evidente: la muerte venía con nosotras desde hacía mucho. Nos tomó de las manos y sintió nuestra frialdad sin venas, sintió cómo los huesos se rompían en una muestra de estar ya podridos. Volvió a gritar, pero ahora te maldijo, te pidió que murieras definitivamente, como única solución, como final de flores secas. Todos los que aún permanecían vivos, corrieron para taparte los oídos, pero no te encontraron.
Fue ese día la última vez que bebimos la sangre de la tierra donde dormías. Marcaron tu vaso, tu plato, tu cama, tus cubiertos; dijeron para desterrarte de la casa, de prolongar tu ausencia. Alguien habló de tu enfermedad. Alguien habló de tus pulmones, de los nuestros. De cómo debimos haberte tocado para no contagiarnos de tu muerte.
Al día siguiente buscamos tu olor. Yo les dije a las hembras que sabía cómo encontrarte, que estabas acostada en las casitas pequeñas que están hechas de mármol. Salimos corriendo porque debías enterarte antes del final, si era que ya no lo sabías. Cuando llegamos no estabas, seguro habías visto nuestras almas pasar antes y te fuiste detrás de ellas. Era evidente que debíamos esperar cosiendo nuestros pechos, pero ya no nos quedaba piel, al correr la habíamos dejado en las piedras y se la dimos a un par de hormigas que estaban asustadas con nuestros ojos.
Al rato los animales nos avisaron de tu presencia. Estabas allí, tal vez amarrando como siempre los bejucos de los árboles. La lápida seguía rota desde la última vez que los muchachos del barrio hicieron fuego sobre ella. Hicimos silencio solo para escuchar cómo los grillos y los gusanos habían crecido la noche anterior. La primera de las hembras habló y te contó del día que salió corriendo por toda la casa buscándote y se durmió arrodillada con la saliva de un crío. La otra no quiso hablarte porque aún lloraba y pensaba que era la hora de estar definitivamente contigo. Yo te leí algo para ver si lograba que olvidaras el ojo del cielo que ya comenzaba a despertarse. Tomé tu mano y empecé a darle vuelta a un lápiz imaginario de madera. Tú lo soltaste. Dónde están tus alas, me preguntaste y miraste hacia el suelo. Te recuerdo con alas.
Mañana quiero que te pongas la pulserita que te regalé y la camisita de todos los domingos- me dijiste como cansada, como con una despedida de tierra seca. Te la pones y me vas a buscar. Todas las demás te miraron por primera vez. Te reconocieron aunque ya no tenías ojos. Te pidieron la bendición arrodilladas y con las manos cruzadas en el pecho. Tocaste cada una de las cabezas que estaban frente a ti. Mañana se van todas conmigo –dijiste. Mañana. Hoy no. Y encogiste los hombros y ahí sí, más nunca volvimos a vernos.
En memoria de mi abuela, Eugenia V. Brito