Este texto está hecho a propósito de un acontecimiento que se quiere ocultar y que debe ser aborrecido por cualquier sociedad
LA MANADA
La primera vez que actuaron en grupo sintieron el placer del acoso, el acecho, de intimidar con su fuerza y número al otro. La veces posteriores perfeccionaron las trampas, siguieron y dejaron huellas al saberse poderosos. Ya no estamos hablando de cazar cualquier cosa, sino cazar a otro de su misma especie. Cuando niños agredieron a niños que estaban solos, cuando jóvenes, a aquellos que pudieron porque eran frágiles e incapaces. Siempre hubo justificación para la burla y la opresión: que se están creando un carácter, que qué bueno que se defiendan, que socialicen y hagan amigos, excelente que sepan defenderse y no se dejen pisotear por nadie. Pero nadie dijo jamás que eran ellos los que pisoteaban, que eran los otros, tierra para sus patas.
Llegó un día en el que fueron hombres y en su comportamiento gregario buscaron a la nueva presa: una mujer joven. No tuvieron que hacer persecución: la manada no corre detrás de su presa, la acechan. Atrapada no supo cómo retirarse a tiempo y prefirió callar. La hembra sometida a la superioridad y sin su consentimiento, recibió múltiples penetraciones. La manada embistió al canto de sus risas y sus ojos, de sus manos y sus cuerpos. La hembra arrodillada ante sus pelvis tatuadas: no es que te hagan bien, sino que no te hagan mal. ¿Quién contra ellos?
Al finalizar, sonríen a la cámara. Cada quien se viste con el precio que tiene. La hembra desnuda, agazapada y callada quiere desaparecer detrás de la noche que no acaba y se siente. Delante de un juez cuenta después de pasar un nudo en su garganta. El juez la mira de reojo, no cree lo que dice. La manada forrada y la mujer desnuda, quién contra ellos, quién a favor de ella. No ha lugar: la manada es inocente, es la declaración del juez. Las patas de la manada pisan con más fuerza el piso y hacen grietas hondas y oscuras.
Ellos se han creído que son Dios, pero para ella ya Dios no existe.