Cenicienta usa converse
Como casi todas las chicas, siempre soñé con la fiesta de mis 15 años. Sabía que me la harían. No solo había sido una hija ejemplar, una excelente estudiante, sino que como adolescente al fin, le había rogado a mis padres que me hicieran una fiesta. No sé si por tanto ruego con lágrimas incluidas que amenazaban con inundar la casa o porque realmente lo merecía, mis padres accedieron a celebrarme tan significativa edad.
Era yo una pava de esas que quieren hacer todo diferente al común, hacer cosas atípicas era parte de mi vida. Así que mis 15 años no serían la excepción. Desde el vestido, los zapatos y hasta la música tenían que ser únicos. Pero no conté que iba a encontrar una pared en mi madre, la cual me dijo que nada de inventos: vestido largo y zapatos de tacones. Bueno, con mamá casi nunca ganaba, así que no discutí con ella.
Para la época tenía muchos amigos, casi todos compañeros de clase, y como era evidente, los invité a mi fiesta. En casa todos estaban atentos para ver quiénes iban porque según aquella noche descubrirían quién me pretendía. Antes de avanzar, debo decir que aunque algunos me habían dicho más de un te quiero al oído y habían dibujado corazones en los árboles con mi nombre adentro, yo tarareaba otra canción que no era la de ellos; es decir, no me interesaba tener novio.
La fiesta resultó ser una de las mejores para mis amigos. Comida, bebida y mucha música a cargo de una miniteca fueron la mejor compañía de aquel 20 de diciembre que jamás olvidaré. En aquella noche, cada uno de mis amigos bailó conmigo una y otra vez. Los pies me dolían, así que me quité los zapatos de tacones y me puse los que siempre llevaba al liceo: unos converse viejos y descoloridos. Mis amigos aplaudieron aquel gesto de rebeldía y yo me sentía más yo en cada canción.
En un momento, uno de mis amigos me agarró por la cintura y me dijo: ¡vamos a bailar que necesito hablar contigo! La euforia de mis compañeros delataron el momento que yo sabía que llegaría. Su declaración de amor vino acompañada de miradas cómplices por parte de todos los compañeros de curso mientras bailábamos solos en una pista que se me hizo demasiado grande y una canción demasiado larga. Para él, al finalizar aquella pieza, mi respuesta fue un rotundo no.
Más tarde, luego de haber picado la torta y cuando ya el maquillaje amenazaba con desaparecer, uno de mis grandes amigos me sacó a bailar. Sonaba una salsa lenta, como lenta fueron sus palabras. Al oído me dijo: Yo sé que si te pidiera que fueras mi novia, me vas a decir que no. Así que no te lo voy a pedir. Pero sí quiero dedicarte esta canción, porque cuando yo escucho esta canción siempre me acuerdo de ti.
Al día siguiente, cuando hacíamos un balance de la fiesta y los “mayores” terminaban con la comida y el alcohol que había quedado, una señora que era bruja, a cambio de unos tragos, quiso leerme la mano. Aquella tarde me dijo muchas cosas que con el tiempo se hicieron verdad en mí. Sola una queda aún como incógnita. Aquella que decía que dos jóvenes habían hablado a mi oído y que uno de ellos, si le daba la oportunidad, sería el gran amor de mi vida. Hoy les dejo aquella pieza que ese amigo cantó a mi oído cuando yo estrenaba 15 años.