De allí que podamos imaginar que también la literatura actual trate de registrar no solo el éxodo que ha sufrido nuestro país, a propósito de la llegada y enquistamiento de la Revolución Bolivariana, de hecho ya se habla de una literatura post Chávez, sino que investiga y plasma la resistencia del venezolano de regresar a Venezuela. El rechazo y el desafecto por un país venido a menos y plagado de miserias parece ser el paisaje y la temática de algunas novelas contemporáneas. Para ejemplificar lo que estoy diciendo, voy a tomar algunos pasajes de Liubliana, una novela del escritor venezolano Eduardo Sánchez Rugeles.
Liubliana (2012) es la cuarta obra de Sánchez Rugeles, después de Blue Label (2010), Transilvania Unplugged (2011) y Los Desterrados (2011). Esta novela, galardonada en el 2011 en el Certamen Internacional de Literatura Letras de Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, es más que una historia de amor frustrado. En ella se narra la historia de un joven, Gabriel Guerrero, que vive en una Caracas caotizada, específicamente en Santa Mónica, y sale del país para terminar topándose con la vida adulta, el amor, la tragedia.
Al igual que en las novelas anteriores de Sánchez Rugeles, en Liubliana se respira un aire de melancolía, pérdida, separación, desarraigo. Gabriel Guerrero, el personaje central de Liubliana, narra como él y sus amigos, una generación de jóvenes caraqueños, van perdiendo su identidad, sus lazos filiares, sus sueños, y de cómo tiene él que salir del país, a España, en búsqueda de nuevas oportunidades; mientras que el tiempo hace de las suyas, no solo deteriorando los personajes, sus relaciones, los recuerdos, también el país originario. Adentrémonos en sus páginas.
Para extrañar algo, se dice que hay que separarse de ese algo, tomar distancia. Para mirar con otros ojos, es necesario desautomatizar la mirada. Lo que se siente, se percibe diariamente, y por conocido, se nos hace invisible. No detenemos la mirada en lo que está o permanece; la posamos en la sombra clara del polvo que deja el objeto roto, cambiado. Cuando no está es que extrañamos su presencia. Igualmente, la mirada del que está adentro, es diferente a la del que está afuera. Es cierto que esa distancia puede causar desapego, desamor, pero también puede producir añoranza por el espacio perdido, evocación por el tiempo que se fue. Nada de esto vamos a encontrar en esta novela.
En su estadía en España, Gabriel comparte con algunos amigos venezolanos radicados en Madrid. Ramiro y Adriana son una joven pareja venezolana con los que Elena, la esposa de Gabriel, disfrutaba salir y hacía que Gabriel la acompañara. Si bien es cierto que a este último no le desagradaban esas salidas, dice de esta pareja:_ “Tenían, sin embargo, el defecto inevitable de los venezolanos en el exilio: Venezuela era una mierda, el país no servía para nada, todos los venezolanos eran unos pendejos excepto ellos.” (100)_. Con estas palabras Gabriel nos comenta la opinión que tiene esta pareja de Venezuela, pero también nos deja entrever, la opinión que tiene un segmento de los venezolanos radicados en el exterior, o por lo menos, nos habla a partir de su experiencia. De manera similar, ocurre con Fedor, uno de sus grandes amigos de la adolescencia, también residenciado en Madrid: _ “A Fedor no le gustaba hablar de Caracas. Venezuela era una mierda, no había más nada que decir. Para él, ese tema estaba muerto.” (200-201)_. El mismo Fedor, en páginas siguientes, le ruega a Gabriel: “Gabriel, escucha, te voy a pedir un favor. No quiero que vuelvas a hablarme de ese país de mierda.” (290), le solicita, evidentemente refiriéndose a Venezuela.
En un pasaje de la novela, Gabriel recuerda el momento de su partida y lo hace en estos términos:
Sabía que el poder estaba en manos de un grupo de mercenarios. Creí saber tantas cosas…Pero, maldita sea, cómo me dolió partir; qué difícil fue entrar a Maiquetía con la certidumbre de la fuga, con el decreto de expulsión, con el título nobiliario de un extranjero. (208)
Pero luego de un tiempo en España, Gabriel debe volver a Venezuela no solo como consecuencia de la relación deteriorada con su esposa o por la necesidad que tiene de encontrar a Carla; también, porque la Nena Guerrero, su madre, está enferma:
Maiquetía era bruma, bochorno, nubes sucias. La correa del equipaje no funcionaba. Tras dos horas de espera supe que había huelga de maleteros. Un malandro del Seniat imponía revisiones humillantes. Una señora mayor reclamó airadamente el atropello. Dos militares, armados hasta los dientes, la intimidaron con la vulgaridad de los mandriles. Un gestor, funcionario del aeropuerto, me dijo que las maletas estaban varadas en los aviones pero que él, dado sus vínculos con algunos representantes del sindicato, podría habilitar mi caso. Pagué cincuenta euros, me entregaron la maleta en el estacionamiento. (230)
Como podemos ver, las condiciones que dan la bienvenida a Gabriel no son las más favorables. En la descripción del clima del país y el énfasis que hace al hablar del irrespeto, las arbitrariedades y la corrupción de los empleados del aeropuerto, observamos que hay una queja, pero igualmente vemos que hay un señalamiento a que todo sigue igual o peor a cuando él se marchó. La imagen primera refuerza en Gabriel su desinterés de volver a Venezuela: “El calor de Maiquetía me vació las entrañas… Vi la cara del Ávila. ¡Qué difícil es regresar!” (257). No cabe duda que el regreso al país es una circunstancia que Gabriel debe asumir por deber y obligación, y no porque él desee estar, quedarse en Venezuela.
Dentro de este panorama, la Nena Guerrero, madre de Gabriel, cuando él se instala en el apartamento familiar, y conociendo los problemas de éste, le pregunta: “¿Quieres regresar?” (258), y Gabriel le responde con preguntas: “¿Regresar a dónde? ¿A esta mierda, a este desastre?” (258). Obviamente que con la utilización de los dos sustantivos, uno peor que otro, Gabriel trata de recoger el sentimiento y la impresión que tiene del país: “No me expliques lo que es esto, yo sé muy bien dónde estamos. El problema no es Venezuela, el problema eres tú.” (258). Suelta la Nena y no cabe duda que con estas palabras acusa a Gabriel de su falta de apego y decisión.
Rafael Tomás Caldera (2007), a propósito de nuestra idiosincrasia, propone que paradójicamente cuando el hombre no se halla “a gusto en la patria, cuando ella es la casa amada, está el no encontrarse a gusto consigo mismo y la ruptura íntima que ello entraña”. (70). Así Caldera advierte el estado abatido y hundido presente en el ser humano que desdeña a su país, que incluso puede llevarlo a desconocer su identidad. Esto último corrobora y explica, tal vez, la conducta de Gabriel partiendo de la situación sentimental o personal que está viviendo. Pero abiertamente, con las palabras que recogimos anteriormente, la madre le trata de expresar que quién más que ella, que se ha quedado en el país, puede saber en qué se ha convertido el país. Lo que manifestábamos en líneas anteriores se ve claramente expuesto aquí: el que está dentro de la casa es el único que sabe de las goteras de la casa. Hay un reclamo velado en estas palabras, hay un cuestionamiento tácito al otro que ve las fallas y conflictos del país cuando apenas está llegando a él.
Partiendo de este marco, Gabriel no es el único que piensa que el país no sirve, que no tiene esperanza. Otros, que han permanecido en el país, también tienen la misma certeza. Caso particular el de Carla, la niña más hermosa del mundo, y de quien Gabriel se enamora perdidamente. Cuando Gabriel vuelve a Barcelona, España, a buscar y hablar con Carla que se ha ido de vacaciones al país europeo, ésta le comenta que se va a casar y que no desea volver a Venezuela:
No puedo soportar un día más en ese país de mierda; no terminaré la carrera, dos años es demasiado tiempo. En el resto del mundo dos años puede ser un lapso razonable, un tiempo de reflexión, de espera; pero en Venezuela dos años son una tortura. Los días no pasan, todo es lo mismo, siempre es lo mismo, la universidad es mediocre… No hay agua, no hay luz, las autopistas se caen a pedazos. No lo soporto. Todos los días me lo pregunto: ¿qué coño hago yo aquí? (287)
A fin de ilustrar mejor lo que antecede, centrémonos en el capítulo I, de la Tercera Parte de Liubliana, titulado “Ítaca debe ser una mierda”. Abiertamente este título alude directamente al poema “Viaje a Ítaca”. Como ya es sabido, “Viaje a Ítaca” es un poema de _Constantino Kavafis que habla de la importancia del viaje y del destino de ese viaje. El viaje como experiencia para poder alcanzar la meta, en este caso Ítaca es esa meta, es el destino último del viaje del hombre. Cuando Fedor, otro de los amigos de Gabriel, habla de Ítaca y establece una analogía entre ésta y Venezuela, lo hace en estos términos:
“Ítaca debe ser una mierda” repetía con insistencia la voz de Fedor. La ventana ovalada mostraba los despojos de un cielo rojo, un firmamento en decadencia. “En Ítaca no debe haber nada”, insistía con pedantería literaria. El Ruso tenía el hábito del chiste erudito. “Los venezolanos nunca tuvimos una edad dorada. No hay ningún lugar a donde regresar. Si Kavafis hubiera sido venezolano, le habrían entrado a coñazos”. (229)
También Atilio, un amigo de Gabriel que se ha quedado en Venezuela, reconoce el estado en el que se encuentra el país, un estado de desesperanza e indefensión.Y ante esto se adelanta a decir:
El año que viene habrá elecciones, ya anda por ahí un militar de mierda diciendo que tiene la receta para arreglar este desastre. ¡Qué bolas! ¿Tú puedes creer que, después de todo lo que ha pasado, la gente siga creyendo en militares? Esto no tiene arreglo. A este país, Gabriel, si lo cambias por una lata de mierda, pierdes la lata. (314)
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Así cómo hemos visto el desaliento, la desazón, el sentimiento profundo de pérdida en algunos personajes de Liubliana, así también podemos palparlo en otros textos narrativos o poéticos que tratan de dar muestra de la situación actual del venezolano. Son muchos los escritores que sabiendo el papel fundamental que ocupan y reconociendo el tiempo que les tocó vivir, enfilan sus lápices, las teclas, para dar testimonio de los graves problemas que afectan a Venezuela. Creo que el que escribe no lo hace desde el ostracismo de un cuarto o burbuja, lo hace desde la cercanía de la calle, del día a día, desde su parecer. No concibo un escritor transcribiendo cosas que no le tocan, que no le conmueven. Y mis estimado amigos, si hay algo que nos está haciendo heridas en la piel y haciéndola sangrar, es este largo, absurdo y casi kármico castigo llamado Revolución bonita.