Hola, amigos de Steemit. Espero que estos días sirvan para el descanso, la lectura y la creación. A propósito, hoy les traigo una historia de esas de tránsito, medio biográficas, convertidas en hallazgos después de reposar algún tiempo. Valoro su lectura y sus comentarios.
¡SOY BOLSA Y QUÉ!
Cuando se montó en el autobús, sintió la misma repugnancia de siempre. Ir a esa hora en transporte público era una pesadilla, una odisea. Pero prefería ir encaramada en uno de esos que verle la cara a Sergio. El recuerdo también le causó repugnancia. Aquella mañana había amanecido más insolente y agresivo que de costumbre. Su risita burlona y su tonito de fastidio eran muestra de su enfado, de su amargura reprimida. Le había gritado cuando le sirvió el café y luego al desayuno había hecho un comentario hiriente con respecto a las arepas y sus nalgas. Lo dejó pasar. Se hizo la desentendida. Sabía que estaba buscando molestarla para luego tener una excusa de llegar tarde en la noche. Pero él no se quedó callado, le subió el volumen a sus ofensas, a su expresión de fastidio: Eres una bolsa, realmente eres bolsa. Te he dicho mil veces que no me gusta que le eches mantequilla a las arepas, pero como tú eres bolsa, te da la gana y me la echas. Claro, como tú estás gorda y enferma, quieres que sea gordo y enfermo como tú. Total, me imagino que las bolsas como tú no piensan ni hacen caso.
Ahora en el autobús sus manos sostienen la cartera mientras permanece de pie en una multitud de gente que sube y baja en cada una de las paradas. Tiene ganas de responderle, pero sabe la treta, la jugada de Sergio. Saca por un instante el celular y duda si hacerlo. Decirle que se fuera a la mierda, que estaba cansada, que la bolsa no quería saber de él. Pero vuelve a meter el celular en la cartera. Sergio se merecía que ella le escupiera en el rostro cada una de las duras palabras que ella pudiera decirle. Sí, seguramente se reiría en su cara y le diría una de sus continuas burlas: ¿Eres bolsa de a kilo? o ¡No pongas esa cara de bolsa tobita!
-Dame el Samsung, que me des el Samsung -escucha ella una voz en su oído que la saca de sus pensamientos. Ve que un chico se le pega al lado y sube su franela: trae una pistola escondida en la pretina de su pantalón. No sabe qué hacer. Verga, que me des el Samsung -insiste el de la pistola, empujándola hacia otro de los pasajeros. Sus piernas tiemblan, pero no hay respuesta en ella. Solo mira el rostro del muchacho, con una mirada lívida y estancada. Ella recuerda a Sergio y sus ofensas diarias, y le sale la cara de siempre, la que no escucha, la que quiere decir algo pero no le sale, la que quiere moverse pero el cuerpo no le responde, y pone la cara de bolsa, la única que tiene, la que le disgusta tanto a Sergio. Y el muchacho la mira y no sabe qué hacer, repite en una súplica: ¡Dame el Samsung, chama!, pero ella que lo mira y no responde, y pone su cara perpetuamente impávida, de estar ausente, de no entender nada.
Entre empujones el muchacho se baja del bus con las manos vacías. En su huida atropellada voltea y la observa como si toda ella fuera un garabato, como si no lo creyera, como si pensara. Y ella sabe lo que el muchacho piensa. Ella lo sabe y pone la cara, y se ríe por dentro.