Vender la Educación
He visto con suma preocupación cómo en estos tiempos hemos caído en un mutismo crítico con respecto a la Universidad por el simple hecho de quedarnos sin estudiantes. Al parecer, señalar las debilidades y carencias, los graves problemas que tiene la universidad venezolana, es seguirle el juego al gobierno, quien busca acorralar las universidades, asfixiarlas, dejarlas solas, para luego intervenirlas.
Según un grupo de personas, entre las que hay muchos profesores, la idea de exponer afuera nuestras miserias es como hablar mal de nuestra familia con otros. Eso no se hace y hasta se condena. De manera tajante dicen que lo que debemos hacer es vender nuestra universidad para que los estudiantes se inscriban, para que tengamos más matrícula, para que no haya más deserción, para que no hayan materias ni aulas cerradas, para que todos los profesores tengamos trabajo; en fin, para que volvamos a ser felices. Lamento decirles que esto es falso.
El hecho de que yo no hable de los problemas que tiene la universidad, no los resolverá. El hecho de que yo deje de ser autocrítica, no atraerá más estudiantes y nos devolverá a las aulas la sed de conocimiento que había en otrora. No podemos renunciar al derecho de señalar los problemas graves y profundos que tiene la educación venezolana en este momento, con el cuento que necesitamos venderla. Hacer eso es como tirar la basura debajo de la cama para no verla. La basura sigue allí y hasta puede ser peor, porque al no verla, capaz que yo mismo crea que no existe. Y allí sí le estaría haciendo un favor al gobierno.
En mi caso, siempre le digo a mis estudiantes, que la universidad que yo conocí fue una universidad que me enamoró; en donde, a pesar de las dificultades, había muchas bibliotecas, unidades de transportes, comedor, cafetines, plazas en donde podíamos reunirnos, árboles que daban frutos y que servían de sombra en los momentos de ocio. Quedarse todo el día en la universidad era la norma. Me gusta decirles que cuando llegaban las 8 de la noche aún había estudiantes en las aulas, que los vigilantes pasaban de media en media hora y cuando estaban saliendo los últimos buses, pasaban y nos avisaban. Me gusta decirles que todas las bibliotecas tenían préstamos circulantes, que el auditorio tenía aire acondicionado central y que allí vi excelentes películas y las mejores obras de teatro. Me gusta decirles que la universidad que me enamoró era bella, grandiosa y distinta. Nada que ver con la universidad que tenemos hoy. Me gusta decirles eso para que sepan que hubo un país donde las cosas funcionaban, en la medida que se podía, que todo lo que hay hoy son escombros de una luminosidad que existió, pero que por culpa de este gobierno infame hemos perdido.
Entonces, a mí no me quiten el derecho de hablar de mi universidad, a la que quiero, pero como la quiero, me duele que la vean toda maltratada, sucia, echaíta a perder. Cuando un estudiante entra a mi universidad, que es como mi casa, lo mínimo que puedo decirle es la pena que siento, lo mal que estamos, los problemas que tenemos. Partir de la autocrítica es hacerle ver, que a pesar de todo, de los problemas diarios, seguimos apostando al estudio, a enseñar, a educarnos; que ellos, si se quedan, también deben hacer lo mismo. Cuando un estudiante entra a la universidad, ya es parte de ella, de la familia, y como un miembro más debe saber que el trabajo que tenemos es duro, las condiciones pésimas; pero que cuando llegan los reconocimientos y los frutos, la alegría es máxima.
Seguro que si hablamos bien del loro lo vendemos, pero qué pasará cuando lo compren. ¿Cuántos se sentirán estafados? La idea de vender no puede ser la de engañar. Seguro si decimos que en las universidades de nuestro país aún hay profesores y estudiantes apostando por un futuro, tratando de salir adelante, a pesar de las adversidades, el que se una a nosotros lo hará desde la certeza de lo que se va a encontrar.
Hay un famoso cuento que dice que luego de una noche de fiesta, una pareja llega a la habitación del hotel. El hombre emocionado porque se ha levantado la mujer más bella de la celebración empieza a quitarse la ropa, en eso la mujer empieza hacer lo mismo. Lo primero que hace es quitarse la peluca, luego las pestañas, después la cantidad de maquillaje, el sostén con push up, el pantalón levanta cola. Al final del cuento lo que toca decir es: ¡Qué pena con el señor! La idea de meter gato por liebre, puede ser una tentación; pero para luego no sentir pena, mejor es mostrarse tal y cual, aunque no tengamos mucha venta.
*Todas las imágenes fueron tomadas por mí con mi Samsung Galaxy S5Mini