Cuando José nació fue un milagro para sus padres. Amanda y Carlos se casaron cuando ambos contaban con 36 años de edad; para Amanda tener un hijo a esa edad era peligroso, pero el deseo de ser madre pudo más que los riesgos médicos de salir embarazada.
Amanda y Carlos intentaron tener un bebé por cerca de 5 años, pero por complicaciones médicas Amanda a los pocos meses perdía al niño. Tristes y desesperanzados estaban a punto de darse por vencidos y buscar otras alternativas como la adopción, cuando una tía de Amanda le aconsejo no rendirse y tener fe.
Amanda escuchó a su tía y fue a la iglesia donde fue bautizada; a la que no había pisado en más de 10 años. Rezó y por primera vez en mucho tiempo sintió la paz que necesitada su corazón; el haber tenido tantos embarazos infructuosos había mermado su salud física y mental.
Durante los siguientes meses Amada se reconcilió con Dios y su fe. Se sintió una mujer renovada y fuerte que aceptó que sí su destino era no tener un hijo propio igual podría ser madre adoptando.
Una noche después de muchas conversaciones Carlos y Amanda decidieron hacer un último intento de tener un bebé antes de adoptar. Amanda sentía que era el momento adecuado y prometió a la Virgen María que si lograba tener un hijo ella recorrería todo el camino de su casa a la iglesia de rodillas.
Amanda tuvo un sano y hermoso bebé. Al cumplir José su primer año Amanda cumplió su promesa de recorrer el trayecto de su casa hacía la iglesia de rodillas para agradecer el milagro de su hijo.
Carlos y Amanda años después ampliaron la familia adoptando un niño que para ellos fue un segundo milagro.