Hace muchos años, en una revista llamada "Selecciones" leí sobre dos gemelitas prematuras a las que, por cuestiones de higiene, pusieron en dos incubadoras diferentes para ser tratadas. Con el paso de los días, ninguna de las nenas mostraba mejoría, y a una enfermera pediátrica se le ocurrió la idea de ponerlas juntas en la misma incubadora, para ver si esto traía cambios positivos. Y cuál fue su sorpresa que en cuanto las bebés se tocaron, su ritmo cardiaco y respiratorio comenzaron a fluir con normalidad: un milagro había ocurrido. Así de maravilloso es el contacto físico.
Científicamente, y según la explicación que daban en el artículo de la revista que mencioné, la hormona oxitocina crea la unión de confianza y bienestar entre la madre y el bebé desde que éste nace. Así, cada vez que recibimos algún tipo de contacto físico, secretamos esta hormona, lo que nos permite volver a experimentar sensaciones tan agradables.
De allí la importancia de que los padres tengan buenas sesiones de apapachos con sus hijos, parece que no, pero aparte de los beneficios que ya mencioné, el contacto les trae una buena dosis de seguridad. Y si de niños tienen este tipo de prácticas en casa, crecerán repitiéndolas como parte de su vida cotidiana.
Yo lo veo con mis alumnos: parte de mi ética en el trabajo consiste en ser sumamente cuidadosa en todo lo concerniente al contacto físico que tengo con ellos, y de hecho, lo evito lo más posible; pero hay niños que están tan necesitados de atención, cariño y cuidados por parte de sus padres, o simplemente sus progenitores no son tan expresivos, que ellos mismos, sobre todo algunas niñas, se me acercan y me piden un abrazo.
Yo los invito a ser más conscientes de los beneficios que el contacto físico nos aporta, y que lo utilicemos como una manera de demostrar a las personas a las que queremos y apreciamos, lo importante que son para nosotros.
Me encantaría leer sus comentarios. Gracias.
Fuente: Google Imágenes