Hace algunos ayeres, cuando estaba yo en preparatoria, mi maestra de Literatura nos encargó a los estudiantes, como trabajo bimestral, ir a un lugar público a sentarnos para observar a la gente que transitaba por allí. Luego de llevar a cabo esta actividad, redactaríamos un reporte lo más detallado posible sobre nuestra experiencia. Como podrán imaginar, los alumnos nos volteábamos a ver unos a otros con incredulidad y asombro, pues nunca ningún maestro nos había encargado semejante tipo de trabajo bimestral.
Pues allí me tienen, visitando la Alameda de mi ciudad, buscando una banca lo más limpia posible, y que estuviera bajo la fresca sombra de un tupido árbol. Debo reconocer que al principio me aburrí bastante y por poco abandono la tarea, pero la idea de reprobar la materia me hizo volver a concentrarme y quedarme donde estaba. Y después de algunos minutos (que a mí me parecieron horas) comenzó la función.
Empecé a observar a la gente, la ropa que llevaba puesta, si iba sola o acompañada, su expresión facial, si caminaba lenta o rápidamente. Y cuando menos pensé, ya estaba tejiendo historias en mi mente, intentando adivinar lo que había detrás de la imagen de cada persona: "Esa señora va de prisa, ¿le habrá pasado algo a algún ser querido?". "Esa pareja se ve muy enamorada, ¿tendrán planes de casarse?". "Esos niños parecen contentos, ¿cuál será su sabor de helado favorito?". Y sin saber en qué momento, me sorprendí a mis misma observando también el paisaje y el cielo; escuchando el trinar de las aves, el sonido de los autos y camiones pasando. Bueno, con decirles que ya no me quería levantar de esa banca.
Cuando llegué a casa, me sentía más relajada, contenta, y profundamente agradecida por todo lo que el Creador me brindaba a través de la naturaleza y las personas. Y aún hoy, sigo obteniendo el mismo efecto.
Admito que no suelo hacer esta actividad muy seguido, pero los invito a llevarla a cabo. No se arrepentirán. Me encantaría leer sus comentarios. Gracias.
Fuente: Google Imágenes