En la mitología griega se decía que, mucho antes de la llegada de los dioses olímpicos, los Cíclopes, hijos de Gea y Urano, eran los causantes de las erupciones volcánicas. Conocidos como los herreros divinos de aquel tiempo, y el corazón de los volcanes eran su fragua. Mientras más grande era la erupción, mayor era el poder del arma que estaban forjando.
El año fue 1883 cuando el cielo se quemó, y de las nubes llovió ceniza. Fue el día en el que se registró la explosión más violenta que se ha visto en nuestra historia.
Yo no creí que la Madre Tierra fuera capaz de tanta destrucción hasta ese momento, tú escuchas de huracanes y terremotos, pero esto no se puede compararse a una lluvia de veneno que cae justo en tu patio trasero.
Siempre había crecido viendo el Sol, mis padres me enseñaron a adorarlo como un dios, porque su poder nos daba alimentos y vida. Por algunos días no tuvimos sol, la nube de gases tóxicos lo cubrió, sumiéndonos en un ambiente lúgubre, gris y venenoso.
Por supuesto, estuvieron las cenizas. Un manto de nieve gris que se extendía por kilómetros y kilómetros de superficie, contaminando las cosechas y el agua que bebíamos. Ese año las estaciones se vieron afectadas en gran parte del hemisferio.
Cientos de miles murieron, y algunos nunca pudieron recuperarse totalmente de este desastre.
El año fue 1883 cuando Krakatoa nos mostró de lo que es capaz. Lo peor de todo, es que esto ya ha sucedido en el pasado, y se puede volver a repetir. Si los causantes fueron los Cíclopes al trabajar en el corazón del volcán, me pregunto: ¿qué tipo de arma habrán forjado?