“Maldita sea” le dije, mientras empacaba sus últimas bragas en la maleta.
Te voy a extrañar más de lo que pensé.
Fue en la madrugada que tuvo que marcharse. Entre lágrimas en los ojos y una voz totalmente quebrada me dijo que pronto estaría de vuelta.
La vi partir arrepentida y obligada. Obligada por las circunstancias y por un país que no podía darle lo que soñaba. Fue entonces cuando me llené de rencor, no sólo porque ella se iba, sino porque tarde o temprano yo también debía marcharme.
Esa noche ella se convertía en un número más entre los 2.1 millones de emigrantes venezolanos en el mundo, mientras que en mi universo significaba la pérdida de un número infinito, irreemplazable.
De pronto me entraba la furia y la desesperanza. Me sentía atrapada en un pequeño infierno – y lo era –. Vivía dentro de un castigo constante de despedidas. Mi primer adiós fue para ella, luego para mis amigos, mis hermanas, y junto a ellos despedía también mis esperanzas de encontrarlos nuevamente en un mismo lugar.
“Apátridas”, “cobardes” los llamaban, por haber salido desesperadamente de un barco que tiene ya casi 20 años hundiéndose. Pero ¿Qué pecado es intentar salvarse? ¿Realmente es cobarde alguien que simplemente desea vivir? alguien que sólo quiere admirar un amanecer sin temores, correr por placer y no porque huye de un inminente peligro, saborear una nueva cultura, deleitarse con un plato exótico, sentir la resequedad en la garganta luego de haber gritado hasta la última letra en un concierto de rock, alguien que solo quiere sentir que es libre y que puede volar.
Creo que de éstas salimos castigados todos: los “apátridas” que se fueron, los que se quedan, los que están por irse y los que no se pueden ir. A todos nos hicieron algo irremediable: nos dividieron.
Aún me pregunto de forma incesante ¿De qué trata todo esto que llamamos patria?. ¿Se trata acaso de un continente? ¿De un país? ¿De una raza?
Buscando respuestas conseguí estas líneas: “muchas veces la patria se descubre en la adultez, dado que es necesario viajar al extranjero y llevar una vida activa a nivel social para descubrir ese lazo tan especial”. Leí repetidas veces éstas 30 palabras y pensé en mi, en ella, en mis amigos, mis hermanas y los jóvenes que ahora son extranjeros. Pensé en que nos tocó crecer aceleradamente y descubrir en nuestros escasos años que la patria somos nosotros, nuestra sangre, nuestro color, nuestros gustos, que no los limita ninguna ubicación geográfica. Ahora estamos en cada rincón del mundo.
Creo que a fin de cuentas no era un castigo dividirnos, sólo lograron multiplicarnos.