Mi primer mes en Lima se diluyó entre lágrimas nocturnas, extrañaba a mi madre.
Un día desperté con la tristeza de
haber soñado con mi hogar por más
de catorce años. Vi la entrada del
edificio y me acerqué con el
pensamiento de tener la oportunidad
de visitar a mi madre para darle un
abrazo. Ese era mi único propósito.
Tomé el elevador y presioné el botón
hasta nuestro piso. Me dirigí hacia la
puerta del apartamento y desperté, impotente en mi
realidad, con lágrimas en los ojos.
Otra noche tuve la oportunidad de
soñar con la misma escena, pero la
silueta surreal de mi madre estaba
frente a mí cuando el elevador abrió
las puertas. La abracé, sentí su
calor y desperté sollozando, con el consuelo de haberla abrazado así
fuera en el mundo onírico.