Una noche el pequeño Andrés oyó que sus padres discutían, no había nada de comer y su papá había regresado borracho, siempre que discutían él se escondía afuera de la casa, cerca de un árbol de mangos, su madre iba a buscarlo mas tarde y lo llevaba a la cama, pero esa vez su madre no apareció. Muy temprano a la mañana siguiente, Andrés buscó a su madre y la encontró dormida en el suelo de la cocina, había estado tosiendo sangre, lo primero que vino a la mente del pequeño es que su padre la había golpeado, pero ella le comentó que estaba enferma.
Faltaba sólo un día para que Andrés cumpliera los cuatro años cuando se acercó su padre para decirle que su madre había muerto, el apenas podía comprender lo que le decían pero de alguna forma sabía que no la volvería a ver. Pocos días mas tarde, su papá puso su ropita en una caja de cartón amarrada con mecate, lo tomó de la mano y se encaminó a la casa de su único cuñado, toco fuertemente la puerta y dejó al niño con una nota.
Unos minutos mas tarde, la delgada figura de su tío apareció, después de saludarlo como de costumbre leyó la breve nota con detenimiento e invitó al pequeño a pasar cargando la caja de cartón que lo acompañaba; el estomago de Andrés empezó a hacer ruidos tan pronto le llegó el delicioso aroma de la comida que su tía preparaba.
Su tía no dejaba de mirarlo, el niño no entendía que estaba pasando, ella le acercó un recipiente con galletas recién horneadas, el al verlas le ofreció una enorme sonrisa, la tía se echó a llorar y lo tomo entre sus brazos, él no dejaba de comer por que realmente estaba hambriento.
-Es lo mejor que ese ebrio a hecho por su hijo- dijo ella, mientras se secaba las lágrimas...
Esta historia continuará.
Fotografía e historia original