En mi post anterior terminaba diciendo que ¡así fue como me preparé para ser madre!.
Como habrán deducido después de su lectura, esa no era la forma de prepararse para ser madre ¿verdad?.
Sigamos con la historia.
Era diciembre y supe que estaba embarazada.
Había hablado con muchas amigas y algunas me habían contaron que supieron el día que habían quedado embarazadas. Yo creía que eso eran tonterías, pero no, yo también supe el día que me quedé embarazada. Los médicos dicen que es imposible saberlo. ¡Que sabrán ellos!
Así que aquí estaba yo y mi chico, emocionados, mirándome la barriga todos los días para comprobar que era cierto que crecía algo ahí dentro
Pasaron cuatro meses y no había señal alguna excepto que mis pechos habían crecido , pero la barriga no se abultaba. Estábamos preocupados, íbamos al médico cada -dos por tres-.El médico seguía diciéndonos que todo iba bien.
Un día, sentí que en mis entrañas se movió una pequeña lagartija, rápida y fugaz. Nadie me había contado cómo era el primer movimiento de un bebé. Cuando se lo conté al médico me dijo que era imposible que lo hubiese sentido al cuarto mes. Pues sí, yo lo sentí y lo seguiré diciendo a todos los médicos con los que me encuentre. ¡me van a decir a mí lo que yo sentí!.
Ese día fue cuando me di cuenta que una cosa es lo que tu sientes y otra lo que los médicos dicen que tú debes sentir.
No obstante, les hacía caso, ¡no coma esto, no coma aquello!. ¡Hágase este prueba!, ¡tómese esto!,
-que le falta hierro, ¡pastilla va!,
-que tiene las piernas cansadas, ¡pastilla viene!.
-Haga gimnasia, eso hice.
-No tome sal, eso hice.
¡En fin!, que me había casado para alcanzar mi libertad… y ¡ahí estaba yo! siendo dirigida, aconsejada y obedeciendo órdenes de mi médico, de mi chico, de mi madre, de mis amigas.
-¡que si no puedes hacer esto!,
-¡que si no puedes hacer lo otro!, etc. etc.
Salí de mi casa para ser libre y estaba en un callejón sin salida.
Ya estaba arrepentida de haber tomado aquella decisión. Así pues, desde ese momento comenzó mi vida llena de contradicciones.
La primera de ellas era la de cumplir con la responsabilidad asumida de formar una familia y cumplir con las expectativas de la sociedad, de los demás, de “mi chico” -que parecía que era el único que me entendía y apoyaba- e incluso la de alcanzar las propias metas y , al mismo tiempo, conciliar todo aquello con la necesidad imperiosa de ser libre, de no tener responsabilidades, de no depender de nadie, de hacer lo que te apetezca en cada momento, de no importar nada más que tú mismo.
La segunda contradicción era debatirte entre dar respuesta a tu propio egoísmo y abrirte a la generosidad de dar vida a otro ser humano y estar a su completa disposición día y noche hasta el día que te mueras