Parte I
Parte II
Parte III
Parte IV
Parte V
Parte VI
Parte VII
Después del olvido de mi hijo en el patio del colegio Parte VII, comenzó un periodo de calma relativa.
Era momento de ponerme a bien conmigo misma, de construirme por dentro.Empecé por ocupar mi tiempo de ocio en dedicación de calidad a mi hijo y a mi marido, sin olvidarme de mi vida profesional.
Tenía que preparar mi acceso a una plaza de Titular en mi Universidad y, sin su ayuda, aquello sí que hubiese sido imposible.
Mantuve mi cabeza centrada en ampliar mi currículum.Mi marido y mi hijo tenían su lugar, los fines de semana me dedicaba a ellos. Sólo cuando ambos se dormían, me permitía continuar trabajando.
Saqué mi plaza. Todos contentos, la primera yo: ¡había cumplido mi objetivo!. Tenía un trabajo fijo y, ¡ahora sí que sería la mujer más feliz del mundo!.
Es cierto que que mis miedos seguían estando ahí, aplacados, confusos, pero los tenía controlados.
Mi pequeñín se hizo mayor y yo, aún más.
El me conocía, sabía de mis debilidades y las utilizada para fugarse entre la autoridad de su padre y la de su madre. Pero supo estar a la altura.
La que no estaba a la altura era yo: miedosa, controladora, perfeccionista… No le dejaba respirar. No lo entendía, no podía comunicarme con él. ÉL, tranquilo, razonable, atento, afable, callado, reservado aunque con una personalidad fuerte. Él, queriendo quitar importancia a las cosas, yo, dándosela; pero siguiendo su camino, a pesar de su malísima madre.
Que ven a esta hora, que dúchate, que no vayas con éste, que no vayas con aquél; que dónde vas, que con quién, que de dónde vienes… Que ¡ni hablar!, que por ahí, no, que por ahí, sí....
Nada me servía para comprender a mi hijo. Me releí todos los libros de psicología y otros más que no conocía. Cuando terminaba uno, allí estaba yo, poniendo en práctica lo que me decía el libro. Pero los libros no me valieron de nada.
¡Qué vergüenza!, una profesora que forma maestros y no es capaz de entender a su hijo. Pues no, no lo entendía. ¿Por qué?, pues... porque no era natural, no me dejaba llevar de mi instinto. Ese instinto que hay que poner a la vida, que te guía a veces y no sabes a dónde, pero que estás segura que es por ahí, por donde tienes que ir. Y yo, en esos momentos, no lo tenía. En otros ámbitos de mi vida, si lo apliqué, y de buenos marrones me ha salvado. Pero para ser madre...¡cero patatero!. Bueno, a lo mejor sí que lo apliqué, pero no quiero reconocerlo, no vaya a ser que esa imagen de mala madre no me guste y...tenga que volver a recolocarme.
Cuando por las mañanas me levantaba, veía bajar por la escalera un perro-bulto con el pelo encrespado que parecía salido de una película de terror: los ojos cerrados, arrastrando lo pies, cansado de la juerga nocturna -que yo desconocía dónde se había celebrado-.Ese desconocimiento me hacía desconfiada, intranquila y me ponía furiosa por no saber, porque no conseguía conocer su historia, sus preocupaciones, sus pesares. Quería que fuera extrovertido, que me contase, lo que fuese, con tal de que lo hiciera con convencimiento para tranquilizarme. Pero nada, nunca lo conseguí.
Pensaba que era el hecho de ser hijo, ¡si hubiese sido una hija!.....seguro que me lo cuenta. Pero ahora, con retrospectiva, he llegado a la conclusión de que no, que el que es reservado, lo es y no hay más que hablar. Asúmelo. Te tocó, y si no eres lista -yo no lo debía ser-, no te enteras de la película.
Yo sólo veía peligros a mi alrededor, me sentía relegada; mi “pequeño demonio” era inaccesible y su madre aprendió a dejarlo ir. Supongo que por instinto de supervivencia. No quería sufrir.
Un buen día, llegó la noticia: mamá me quiero matricular en la Universidad de…., no digo el nombre no vaya a ser que…..
Pero sí, se fue a 600 km de casa, con 18 años. No había una ciudad más lejos para marchar, no. Me preguntaba ¿Cómo es que aquí no hay ninguna titulación que encaje en sus gustos intelectuales?, pues no, no la hubo. Sólo logré sacarle que una de las razones por las que se quería ir, era para controlar su tiempo.
Claro, me decía yo, con una madre tan… irresistible, es lógico que este chico quiera largarse.
La lejanía nos fue bien a toda la familia. ¡Ojos que no ven, corazón que no siente!. El pudo construirse a sí mismo, evitó los miedos de su mala madre y ésta estaba relajada...hasta que llamaba por teléfono.
Aprendí a distinguir los tonos de su voz y sabía cuándo estaba triste y cuándo contento. Sólo preguntaba, si le pasaba algo. Entonces, en la lejanía, también él se atrevía a contarme alguna cosa. No crean que mucho, pero era lo suficiente para que pudiera acercarme a él.
De este periodo aprendí a guardarme mis pensamientos y mis temores; aprendí a ser su confidente, su apoyo, su bastón, su banco. Le aconsejaba -pocas veces-, cuando me lo pedía y , poco a poco, con tiempo, con paciencia, fui dejándole marchar, fui calmando mi angustia, fui perdonándome, fui siendo yo misma, queriéndome.
Ahora que soy suegra y abuela, a veces, ya soy capaz de vislumbrar lo que un niño quiere, pero lo que todavía no sé es, si seré una mala abuela y una buena suegra. Ya veremos.
¡Quién sabe, la vida es tan sorprendente!
Ven y apoya a @Cervantes como Witness en
https://steemit.com/~witnesses