Tras horas esperando para poder montarme en un bus y llegar a mi trabajo, por fin consigo subir y además corriendo con la suerte de tomar el puesto de la ventana.
Cuando ya quedan pocos asientos, se sube una mujer de ojos grandes y mirada fuerte quien no podía disimular su tristeza por las lágrimas que le corrían por sus mejillas.
Ella toma asiento en el puesto de atrás y como la ventana es amplia, la compartimos.
Poco después aparece un hombre en la ventana y comienza a tocarla fuerte.
Le dice (con una voz y gestos que tratando de describirlos inspiran desesperación, tristeza y amor):
-por favor bájate, no vayas a trabajar, quédate hoy conmigo.
(no escucho ninguna respuesta)
Continúa tocando el vidrio
-Por favor no te vayas, te lo pido, no te vayas. Yo hablo con tu jefa, por favor vente
Sigue tocando el vidrio cada vez con más desespero
-Mi amor, te amo, no te vayas, sólo por hoy quédate conmigo. Te lo pido con mi corazón
Comienza avanzar el bus y el corre tras de el para no perderla de vista por la ventana.
Al poco tiempo ella se para (aun llorando) y pide que la dejen bajar. El al verla sale corriendo abrazarla.
Esta experiencia rompió completamente con mi seriedad y es que de eso va el amor, de romper la cotidianidad del mundo, de quebrar los esquemas, de eliminar la barrera de la vergüenza.
Creo que siempre debemos apuntar a un amor respetuoso, un amor al que no le importe gritarte tras una ventana lo mucho que le importas, que se olvide del que dirán y de lo que está a su alrededor. Un amor que te pida volverlo a intentar, arriesgarse, perdonarse, mejorar.
Nunca supe y probablemente nunca sabré la historia que había tras esa pareja pero indudablemente me conmovió y me hizo decirme:
Espero que la futura persona que esté a mi lado me ame sin vergüenzas, con miedo a perderme, con preocupación por mis sentimientos, sin miedo a demostrar su amor.