Nunca olvidaré aquella noche, cuando con pena me confesaste
que en mis brazos querías quedarte.
Oh, mi dulce hombre.
Nunca fui tan feliz cuando en tus brazos me entregué.
Y es que ese lugar carecía de lujos y rincones extraños.
No me llevaste para el lugar más caro, ni el sitio más alto.
Pero estando allí tocaba el cielo teniendo solo tu contacto.
¿Qué más puedo pedirle a la vida?
No se me ocurre en este momento algo más
Que tus brazos fuertes rodeando mi cintura.
Y nuestros cuerpos moviéndose al compás
De un ritmo imaginario que nos deje exhaustos pero más enamorados.
Aquel lugar me hacía olvidar de mis males, de mis miedos y mi pasado.
Mis penas eran disminuidas por el clamor de tus caricias.
Y tus sollozos eran calmados por mi amor convertido en besos.
Aquel lugar no era cualquier lugar, era mi hogar.
No muy tarde descubrí
Que mi hogar no estaba compuesto por cemento y bloques.
Mi hogar no estaba materializado en algún objeto.
Por eso carecía de lujos, actas, y esas cosas del mundo externo.
Mi hogar me amaba y mimaba en mis momentos de soledad y desespero.
Mi hogar no era más que mi sitio de confort y de donde no movería ni un pelo.
Mi hogar eras, eres y serás tú.