Se condenó eternamente a ser la excéntrica, la poco agraciada, la tartamuda; aunque en realidad no lo fuera. De una extraña belleza y apariencia fuerte a pesar de su cuerpo diminuto, nobles sentimientos; su "supuesta" tartamudez desaparecia cuando lograba dominar sus miedos. Dibujó una imagen distorsionada de sí misma que vendió a los demás y que terminó por definirle.
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En un intento desesperado por desprenderse de aquello; se asumió como Alejandra a secas, borrando de un tirón a Flora de su existencia. Alejandra significa “la que aleja a los adversarios” y tal vez pensó que la simple fuerza de un nombre podría romper definitivamente con sus demonios, con su infierno. Pero no fue así; en el fondo continuó siendo Flora la de siempre, Flora con sus fantasmas de la niñez, Flora la de la adolescencia; una etapa donde quiso quedarse atascada por temor a la madurez, a tomar las riendas de su propio destino; a abandonar su egocentrismo. Dependía de esas excusas, necesitaba de esos motivos para poder proseguir con su sombría vida.
Pero si algo era cierto en ella, eran las elucubraciones de su mente atormentada. Se le veia perdida entre el mundo real y el onírico, entre cordura y locura, entre homosexualidad y heterosexualidad, entre el amor real y amores platónicos.
Continuó con su ambigua vida, nadando entre dos aguas, vagando entre dos mundos, sin decidirse por ninguno: vida y muerte, amor y desamor, realidad y fantasía. Y se sumió por propia voluntad en un infierno del cual solo podía salir escribiendo y leyendo. Todo lo que hacia era leer y escribir, escribir y leer; esa era su mejor terapia y por algún tiempo surtió efecto. Leía y escribía desde el dolor, desde sus fantasmas, miedos e inseguridades. Hasta que un día como siempre haciendo su voluntad y nada más; pensando solo en ella; se despedía con estas palabras:
“No quiero ir / nada más, / que hasta el fondo”
Sumergiéndose para siempre en su mundo particular, en su mundo exclusivo, en su mundo de inmortalidad…