Es fruto de Agustín Carrillo Corniel y Carmen María Flores. Así se llamaron los padres de José Carrillo Flores “Mano Chico”, campesinos formados en la brega diaria entregados a la siembra de conuco, nacidos todos en aquellos bucólicos lugares de la sierra carabobeña, jurisdicción del municipio Carlos Arvelo en Venezuela.
Vivía la noble familia en un fundo propio bautizado con el nombre de “Naranjal”. Un lugar convertido en soporte de su modesta economía. Se entregaban a la cría de ganado vacuno y de aves de corral y otros animales domésticos como ovejos y puercos enchiquerados.
Procreó la pareja un total de ocho hijos, cuatro hembras y cuatro varones, uno, el primogénito lleva por nombre José. Vivió junto a sus padres la infancia y juventud. No corrió con mayor estrella cuando nació, pues su madre por ser primeriza, los pechos no se le abrieron o se le volvieron secos, es decir no daban leche.
Entre el pequeño rebaño de ganado del fundo enlazaron al azar una vaquilla, bien mansa para el ordeño, de nombre “Monedita”, así atendía el animal mientras el ordeñador la exaltaba con su canto y sus manos acariciaban y le apretaban la ubre.
Agustín, mimoso padre, se arrellanaba en un taburete de cuero antes de salir el sol, envolvía a su niño en una camisa vieja, lo sentaba sobre el peine de sus dos pies, muy cerca del pecho de la vaca; al mismo tiempo que ordeñaba le arrimaba la camaza a la boquita para que el párvulo sorbiera el néctar lácteo proveniente de la ubre de la vaca.
El niño fue creciendo, apenas da los primeros pasos su padre lo deja para que se defienda solo. Se retiraba papaíto, pero antes enrejaba al becerro (Lo sujetaba de la pata derecha delantera de la vaca) mientras el chavalo de pie pegaba su boquita a una de las tetillas de la ubre, y así fue como “Monedita” lo alimentó, lo crió y amamantó hasta ya crecido.
Como acostumbran con sus propias crías, cuando Joselito contaba la edad de seis años la propia vaca lo destetó.
La vaca “Monedita” murió en un invernadero, rodó por un barranco y se desnucó, no la sacaron nunca, en la hondonada quedó su cuerpo convertido en un cuero seco y una huesera diseminada. Aquella noticia le cayó como una maldición. Lloró “Chico” desconsoladamente su muerte como se llora a una madre. Ya adulto recogió sus cosas, pagó el servicio militar obligatorio y se quedó radicado en Villa de Cura, estado Aragua, Venezuela.
Por acá en La Villa conocimos a este viejo ingenuo de ojos verdosos desde hace 20 años más o menos, con su acostumbrada indumentaria y su auténtico trato campesino, muchas veces lo vemos llegar pedaleando solitario y en silencio sobre una añosa bicicleta cauchos 20, sin placas ni marca aparente.
Por su padre y su madre llegó a ser agricultor, aprendió a familiarizarse, cuidar y querer a los animales. Se acostumbró tanto a lidiar con la vacada que con arrugas como surcos por los años, todavía con nostalgia senil se acuerda de “Monedita” como si fuera su segunda madre… “una vaca fue mi mamá”, asevera.
Foto propia tomada con mi celular Yezz es la de Agustín y su bicicleta. La foto del niño tomando leche dela vaca es de internet.