Hay un punto en el que la preocupación es sana: te ayuda a evaluar las situaciones y actuar con la cabeza.
Pero tú vives encerrado en tu cabeza y tus preocupaciones. Todo para ti tiene que ser analizado una y mil veces, y es una posible catástrofe. Entonces, en lugar de actuar correctamente, haces lo peor: no haces nada.
¿De qué te sirve preocuparte por todo, si no vas a cambiar nada? Debes aprender a relajarte, y confiar más en que, llegado el momento, sabrás qué hacer ante los problemas que aparezcan.