Amiga,
usted me perdona pero yo nunca consentí
quedar preso en sus encantos,
nadie me dijo que al mirarla
su hechizo me encerraría,
ni un alma me advirtió
que de mis momentos usted se apoderaría.
No supe cuando compré
el papel en el que el alma le envolví,
ni en donde ese lacito busqué
para el paquete en el que dentro se la entregué.
Fue súbito, en un parpadeo, intermitente,
en un momento yo era libre y al otro estaba rendido a sus pies,
mi amiga,
enamorado y sonriente.
Desde entonces para mí, amiga,
no hay mas vida
que la que llena con su presencia,
y no hay felicidad más clara
que escucharla reír,
desde que vi su silueta sin nada que la cubriera,
presencié la perfección en carne propia,
vi que lo único perfecto en este mundo era usted y usted sin ropa.
Desde entonces me son indiferentes
esas miradas provocadoras de cualquiera que trate de liberarme de su yugo encantador mi amiga,
ellas son simples copias frías y sin gracia de su carácter, rápido y seductor.
Amiga usted me perdona
pero le he entregado mi vida,
si no le interesa bótela
que ya yo no la quiero.