La belleza que hay en esas pequeñas cosas
Acostado sobre la cama él escribía una historia; algo sobre un lugar lúgubre en el que cada curiosos que se acercaba experimentaba grandes horrores y, en muchos casos , no sobrevivía para contar lo allí presenciado. Inspirado imprimía su letra sobre el papel, leía, tachaba y continuaba escribiendo. Eso hasta que unos brazos se enrollaron en su cuerpo desde atrás.
Aquella sensación familiar siempre le reconfortaba; esas suaves extremidades que le cubrían y reposaban en su pecho, el calor en su espalda del cuerpo junto a él y la pacífica voz que, en un tono casi imperceptible, emulando a un suspiro, y con latente cariño le preguntó:
—¿Qué haces, mi amor?
—Escribo, corazón —respondió él —. Es una historia que se me ocurrió esta mañana.
—¿Ah sí? déjame ver —exclamó ella cuando ya tenía la libreta en sus manos.
Generalmente a él le enojaba que le arrebataran las cosas de sus manos, más aún si se trataba de algo que escribía. Pero si quién lo hacía era ella no le importaba en lo absoluto. Era su chica, el amor de su vida, según pensaba cada vez con mayor frecuencia. Lo que era de él también era de ella, incluyendo la libreta donde escribía todos sus relatos, prosas y cuentos.
—Es triste... —dijo ella frunciendo el ceño en un puchero.
—Tiene que ser así —afirmó él.
—¿Por qué en tus historias siempre muere alguien de alguna forma violenta?
—Mmm, no lo sé —respondió, pensativo —. Supongo que, en cada gran historia, algún personaje relevante debe morir en un punto determinado de la trama. Sino al final quedará esa sensación de que faltó "algo" —concluyó.
—¿Así es cómo ves la vida? —preguntó ella al mismo tiempo que le volteó la cara a él para verle directamente a los ojos.
Él la observó por un minuto, sin decir palabra alguna, y detalló cada rasgo en su rostro, como acostumbraba a hacer siempre que podía. Esa mirada o hipnotizaba. Le hacía recordad cómo la chica eufórica, optimista y sentimental, que conoció por casualidad una tarde cualquiera entre los pasillos de la universidad, llegó de golpe a su vida y le enamoró. Atravesó un corazón impenetrable hasta entonces.
—Amor, la gente muere y, muchas veces, de formas violentas. Yo solo le agrego algunos elementos fantásticos en mis escritos.
—Sí, no lo niego —respondió ella —. Pero, tú te enfocas solo en la muerte —afirmó —. Yo sé que puedes ver la belleza que hay en esas pequeñas cosas que nos hacen valorar la vida más allá del dolor. Sino, ¿cómo me conquistaste? No fue por tu obsesión con resaltar la desgracia —dijo y lo abrazó con fuerza.
—Tienes razón —comentó él, ante la sorpresa en la expresión de ella —. No pongas esa cara de sorprendida, es verdad. Tú me has permitido ver que la vida no es gris ni rosa; es una matiz de colores interminable —afirmó, luego cogió su mano y la besó —. Creo que debería empezar a reflejar eso en mis historias.



