La filosofía occidental nació como física. Para los primeros pensadores no existía la diferencia que conocemos hoy entre filosofía y ciencia, había un solo pensar que englobaba todo el saber de la época.
Toda la reflexión racional se hacía sobre la “physis”, nombre que los griegos daban a la naturaleza, fuente de la vida, el pensamiento y la reflexión. Podemos decir, sin temor a errar, que aquellos primeros “fisiólogos” establecieron los grandes principios que han hecho posible el desarrollo de lo que hoy conocemos como la ciencia natural.
Los pitagóricos le inventaron a la naturaleza un ser matemático: el mundo, en el fondo, era número; buscaban estos pensadores la armonía numérica en la vida. Platón, aunque para nosotros es el padre del idealismo, construía su pensar filosófico sobre las cosas que le transcurrían ante sus mortales ojos. Y, para Aristóteles, la principal observación viene del cosmos. Para él, el cosmos es un conjunto bellamente ordenado, entregado a los sentidos y al intelecto del animal racional.
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Para los griegos la palabra física tenía un sentido distinto al que le damos hoy; era observación de la vida. En el pensar griego, física, vida y naturaleza formaban parte de una unidad.
La palabra metafísica no existía en el léxico de los antiguos griegos; aparece mucho tiempo después en el tardío occidente cristiano. Es la reinterpretación cristiana del pensamiento clásico la que añade al pensamiento filosófico su ingrediente sobrenatural.
La temprana filosofía griega realizó la hazaña histórica de dar la espalda a dioses y mitos para confiarse audazmente a la sola luz del entendimiento natural. El hombre filosófico encontró su hogar espiritual en esa eterna racionalidad que atribuía sin titubear a la naturaleza. Si algún lema pudiéramos atribuirle a aquellos grandes pensadores sería: En vez de dioses y mitos fantasiosos, razón y lógica naturales.
Pero, como suele suceder, prescindir de lo invisible y misterioso tiene su costo.
En nuestro tiempo, se ha extremado la idea de atribuir todo el conocimiento a la razón, una razón cada vez más especializada e independiente, las consecuencias de este modo de pensar no dejan de sorprendernos.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el universo era todavía el magnífico palacio que el Padre Celestial había destinado al ser humano, el rey de la creación. Hoy es una caótica danza, monstruosamente inhumana, de galaxias.
Para un autor como Giordano Bruno, el universo era todavía divino, eso fue hasta el siglo XVI. Para nosotros, ese universo nos ha quedado aterradoramente grande y enigmáticamente incomprensible.
Los filósofos griegos iniciaron un camino que nos ha conducido a una gran soledad. Poco a poco, nos hemos ido quedando sin Dioses, sin mundo cósmico, sin naturaleza matemática, sin racionalidad natural y sin lógica histórica. Vivimos atomizados.
Un gran vacío se ha instalado en el corazón del hombre contemporáneo.
Quizá valga la pena volver un poco la mirada y retomar la idea de un mundo armónico, presente en esos primeros pensadores . Este tiempo nuestro, reclama una ética que impida el abuso técnico de la ciencia y promueva el bienestar de los hombres.
Nos leemos.
Fuente de las imágenes. I II III