¿Cómo damos las gracias de una forma especial a alguien muy querido? La simple manifestación verbal de agradecimiento, cuando se hace con sinceridad, es suficiente para cualquiera, pues cuando se hace un favor, nada se espera a cambio. De lo contrario, por supuesto, no sería un favor, sino un acto interesado. No obstante, hay veces que sentimos la necesidad de agradecer de un modo más intenso, más perdurable, y hacemos un regalo a quien desinteresadamente nos ha ayudado; y no necesariamente en una ardua empresa, sino, por ejemplo, en un momento especial, con un sencillo gesto.
Me gusta, en estos casos, ofrecer algo muy personal, pensado y elaborado de forma inconfundible para la persona a quien regalo, y por eso elijo un lugar significativo y lo dibujo, para después entregarlo ante la agradable sorpresa de quien lo recibe. Y en este punto –lo confieso– pienso que tal vez el regalo sea para mí misma, tal es la satisfacción que me proporciona ese obsequio y la alegría que causa.
Así, de forma muy rápida, con la habitual y sencilla técnica de la pluma y la tinta negra que uso para ilustrar, dibujé el claustro del Convento de las Dueñas de Salamanca, uno de los más curiosos y bellos que he visto. Curioso porque uno de sus flancos está quebrado, de modo que no es rectilíneo, lo que convierte su planta en un pentágono irregular con un lado muy pequeño; la razón es que el claustro se construyó sobre una edificación ya existente y hubo que adaptar su forma a la del recinto original. Y bello por sus dos plantas, por el fantástico plateresco que adorna sus arcos y por las vistas de la soberbia catedral desde la planta superior.
Y, por supuesto, lo regalé.