Me gusta pintar desde que era muy pequeña, y lo hago desde entonces, cada vez que tengo un poco de tiempo libre. Como no soy pintora profesional, tengo que buscar intersticios temporales en mi vida para poder disfrutar de mi inclinación a los lápices y a los pinceles. A veces no es fácil, y por eso no pinto todo lo que quisiera; pero siempre, cada vez que lo hago, obtengo aumentado el placer que esperaba cuando me aíslo en mi pequeño estudio, donde no hay reloj.
Sin embargo, acabo de descubrir con la pintura un nuevo placer que no imaginaba: el de enseñar a pintar a alguien muy especial para mí. Ha sido una satisfacción inmensa e inesperada la que me ha brindado en poco más de media hora mi sobrina Leticia, que sintió este verano la misma tendencia que su tía y me dijo que le enseñara a “pintar con pinceles”. Por supuesto, le dije que lo haría, porque si conocierais a Leticia, sabríais que no se le puede negar nada que te pida con esa pura inocencia que la caracteriza. Y empezamos hace un par de días.
Comencé con un paisaje: cielo con nubes, casa, árboles, pradera. Le enseñé a interpretar una fotografía y a que razonara qué elementos estaban más alejados y cuáles eran más cercanos. Lo dijo sin vacilar. Le di un pincel, agua y acuarelas, le señalé la línea de horizonte con un lápiz y le dije que usara tonos parecidos a la foto si quería, pero que no era obligatorio, porque en mi estudio de pintura había libertad total para usar los colores. A ella le gusta el morado, así que pintó este hermoso cielo:
Mi sobrina Leticia acaba de cumplir veinticinco años y tiene síndrome de Down.