Amarrada a tu horizonte manso,
de espaldas al hormigón,
la mirada,
eterna deudora del azul que prodigas.
Mar de mi asilo,
desterrada en ti vivo.
Símbolo, refugio, vida, muerte:
lo eres todo,
monstruo primigenio,
que das y tomas a capricho
-impío-
caracolas o tormentas,
huellas de marineros.
Mar de mi ahora,
de mi gente,
que arropas mis días cansados.
Llevo tu luz contra corriente,
en las horas más grises,
cuando el miedo se abre
para tragárselo todo
y no se puede huir a ninguna parte.
Mar de mi cielo,
que me inundas por dentro.
El corazón se divide entre el mar y la tierra cuando se ha nacido en Zamora y se vive en Málaga. La una da nostalgia, la otra, vida; la una afirma, la otra desarraiga. Y así, como barca a merced del oleaje, que ora mece ora amenaza, se van viviendo sin pausa las estaciones...