Hace unos dos meses, me encargaron un cuadro para un regalo; lo pinté con mucho cariño y lo fotografié paso a paso para compartir el proceso con mis amigos de Steemit, aunque hasta ahora no he podido hacer esto último. De vuelta ya a estos queridos encuentros, dejo el testimonio de su realización.
Tenía que ser algo “muy malagueño”, pues iba destinado a una persona que adora, admira y saborea cada día nuestra querida Málaga, y por ello elegí este motivo, sacado de una vieja -aunque no tanto- fotografía en la que se ven la Alcazaba, el Ayuntamiento, el Parque, el Paseo del Muelle Uno (antes de su última reforma), el mar…
Comencé con el dibujo, trazando en primer lugar como líneas guía las que marcarían la perspectiva de la edificación dominante en el horizonte: la Alcazaba.
Después, como siempre, comencé a pintar manchando desde lo más profundo hasta lo más cercano.
Como los días laborables tengo muy poco tiempo, y muchos fines de semana sigo las rutas de mis hijos en competiciones deportivas y otros eventos varios, cuando tengo una obra empezada suelo llevarla conmigo, y así puedo pintar en los momentos y lugares más insospechados. Son momentos de placer únicos, en la paz de la siesta o en el silencio creciente del atardecer.
El último momento de disfrute con la obra es cuando se da por terminada y se firma. Aunque en realidad, y no creo ser la única que lo sienta así, este instante es un placer agridulce, una mezcla de sentimientos de satisfacción –si se está conforme con el resultado– y de tristeza por saber que nuestra pequeña creación ya no nos pertenece.
Ahora, el antiguo Paseo del Muelle Uno lleva ya un tiempo colgado en la pared de un apartamento del centro, y, según me han contado, para orgullo mío, con gran regocijo de su nuevo propietario.