Cerca del mar, se vive de espaldas al interior, mirando al horizonte azul y olvidando el rigor de tierra adentro. Pero cuando se ha nacido en la meseta, periódicamente se añoran las aguas dulces, corrientes y frescas. Y eso es lo que me ha llevado este verano al Alto Tajo, un parque natural que no dejará impasible a ningún amante de la naturaleza, del senderismo, de la fotografía, de la pintura o de la poesía. Porque el Alto Tajo es un lugar que invita tanto al deporte o al placer de un baño como a la poesía bucólica o al estudio de la geología. La ruta que me permitió disfrutarlo fue la del Salto de Poveda y la Laguna de Taravilla, cuyo recorrido exacto puede encontrarse en diversas páginas de internet o en los itinerarios que facilitan en los puntos de información del parque.
El Salto de Poveda es una magnífica cascada formada inicialmente por la caída del Tajo a través de una falla del terreno, y modificada después por la mano humana, tras un intento fracasado de construir una central eléctrica que nunca llegó a funcionar. Lejos de lo que pueda pensarse, las ruinas de esta presa fallida no le restan belleza al paraje, sino que le aportan ese aspecto romántico de toda ruina, además de dar soporte a musgos, y otras plantas acuáticas, que a su vez favorecen la formación de tobas calcáreas –unas rocas calizas porosas formadas por la precipitación de carbonatos sobre vegetales, fundamentalmente–.
La Laguna de Taravilla es un embalsamiento natural formado por los acúmulos de rocas calcáreas que fue depositando la corriente de agua que la alimenta. Además de esta corriente, hay también aguas subterráneas que la sustentan.
Toda la zona está densamente poblada de bosques de ladera y de bosques de ribera. En las laderas abunda el pino salgareño o pino laricio, de altísimo tronco rectilíneo y copa piramidal u ojival. No es de extrañar que en tiempos pasados se abasteciera aquí la industria maderera: los troncos de estos soberbios ejemplares eran transportados río abajo por los gancheros; este oficio y este mismo lugar inspiraron a José Luis Sampedro para escribir su novela El río que nos lleva.
Junto al pino crecen el quejigo, el boj, el espino albar…Y junto al río, los sauces, los álamos o los fresnos, típicos de cualquier margen fluvial, comparten la ribera con avellanos, endrinos, aladiernos o cornejos.
Para los aficionados a la geología, el paraje muestra la erosión kárstica y la formación de tobas calcáreas de forma evidente, además de la falla de la cascada y el meandro abandonado por el que discurre buena parte de la ruta. Pero hay un pequeño tesoro que casi emociona: un pliegue anticlinal tan perfecto que parece modelado por la mano de un artista.
Por último, si el caminante tiene paciencia y busca en los lugares adecuados, podrá disfrutar de la visión de algún mamífero esquivo, como la cierva que pude observar durante más de quince minutos, mientras ramoneaba en la orilla derecha del cauce. Un placer incomparable.