—¿Cómo están mi gente, quien me regala uno buenos días? Buenos días, eso es—su voz era ronca quizás por la caja diaria de chesterfield que fumaba y que compraba en el quiosco fuera del subterráneo. Mientras se detenía arrastrando el pie izquierdo y tomando un sostenedor, dejo ver un diente negro. Palmeo el aire.
— No le vengo a decir que voy a pedirle para medicina o para mi prima en el hospital. Eso es embuste mi gente bella. Yo vengo a regalarles un poquito de magia. Soy el mejor mago que verán en su vida, y baratico pues. Eso sí, no me hagan usar la magia negra, que ahí la cosa si se pone fea.— rió con desgana uniéndose al estallido poco entusiasta con el que le asistieron.
— Que Dios me los bendiga, amen. Recuerda que un artista más, un delincuente menos.
Los usuarios bostezaron, acomodándose en su sitio. Intentó abrir los ojos, pero estaba cansado. A veces sentía que el metro era un pasadizo al sueño directamente, aun así, levantó la vista para ver al mago; un señor con barba rasposa, alto, desgarbado, con una enorme maleta deshilachada. Sostuvo una moneda en alto y la encerró en su puño.
— ¿Yo le conozco hermano? ¿nos hemos visto?— le preguntó a un muchacho recostado en la puerta. El chico movió la cabeza negativamente.
— Miren esto mi gente buena, pura magia, para que te deleites— arrumió con su voz de pregonero.
Algunos aplaudieron por cortesía cuando sacó la moneda del bolsillo del pantalón del muchacho. Bajó la vista siguiendo el traqueteo del metro, mientras el mago recibía críticas severas; nadie le dio nada. En la maleta resonó solo la moneda cuando la dejó caer. Los ojos se le cerraban y despertaba de golpe. Fue cuando lo oyó. Era una voz sedosa. Recordó que una vez fue con su madre a un gran bazar de telas, había de todos los colores, pero la morada tenía una tersura deliciosa. Así era la voz. Una voz morada. Cabeceó por el sueño. Seguro estaba cansado. Pero que sueño tan suave, nunca había tenido uno así. Era refrescante en algún sentido que no podía comprender. Si alguna vez había sentido dolor se había esfumado. Esa voz morada y suave le decía que no había el porqué haber dolor. El mal no existía. Y es que era tan tierno esta sensación que… El metro frenó de golpe despertándolo. El mago flotaba en el aire con su diente de oscuridad, las demás personas se balanceaban en su asiento con los ojos en blanco. A través de ellos se veía una dulce nube blanca. Todos sonreían. Las comisuras de los labios subían hasta prensarse en una mueca de felicidad absoluta que daba escalofríos. Parecían en trance.
El mago lo vio mientras sonreía con malicia. Tenía las facciones crispadas. Como en un oleaje humano todo el vagón se movía al compás de la mano que tenía la moneda en alto.
— De algo hay que ganarse la vida pana— dijo mientras recogía el dinero que unas manos laxas le tendían a su bolsa cuando pasaba por cada puesto.
Había unas señoras que al saber que se iría aquella voz mágica lloraban desesperadas. El mago por fin cayó al suelo, se bajó en Antímano. Y es que no se había dado cuenta que entretanto todos estaban hipnotizados, el mago estaba flotando.
— No por favor señor no se vaya—se lamentó una señora de un asiento lejano. . Todos despertaron al pitido de la alarma. Una voz monocorde anuncio.
— ...si la misma es real esperaremos a la próxima estación para ser atendida. Gracias.
— Es lo que yo digo. No deben dejar de vender a nadie aquí— dijo una señora guardando su cartera malhumorada.