He de confesarles la inocua verdad de mi terror: Temo a los teléfonos. No es que me induzca a pensar que ese aparato negro, achatado en la base, pueda convertirse en un insecto que repta hasta mi oído, como he oído decir a muchos. Tampoco es un estado producido por las circunstancias. A pesar de lo aprensivo que resulta recibir una llamada en la madrugada, no es ese el móvil de mi circunspección.
Cuando el timbre dulzón e impertinente hace su llamado, buscándome en la soledad del hogar, intento escabullirme y que sea otro el desafortunado que descuelgue el aparato. Algún desgraciado que juzgue estúpida mi pretensión. Y es que muchos no saben la historia de las llamadas.
La primera llamada la recibí en mi móvil en medio de un viaje. Por aquel entonces tenía plena confianza en estos artilugios. Solía responder las llamadas sin verificar el número en pantalla. En esta ocasión adormilado en el asiento, respondí.
A causa de la segunda llamada, que me reveló el horror oculto, he temido a estos instantes. El silencio exacto en ese espacio negro, antes de oír la voz del otro lado. En mis sueños lo catalizo como un lugar frío e inhóspito. La voz que me respondió era baja, un susurro de mujer. Muy vieja. Con ligeros temblores. Mientras explicaba que se comunicaba conmigo porque olía a gas en el apartamento que teníamos, intentaba identificar la voz. Entre el pantano de rostros que figuraba en mis recuerdos no lograba precisar aquella cadencia; un tanto acariciadora y fría. De este primer episodio solo recuerdo mi completo convencimiento de que era una vecina preocupándose. “Luis sé que no hay nadie en tu casa. Por eso dile a tu papá, que lo vi salir, que cuando regrese revise el gas”. Quizás inducido por la verdad de la segunda llamada, he llegado a pensar que en esa frase antes de colgar, su voz tenía un cariz profundo que no tenía antes, casi metálico. Aunque fue un episodio extraño, lo tomé como una de esas casualidades del azar, y olvidé la conversación.
Hasta la segunda llamada.
Mi papá fue quien alargó el brazo y atendió. A medida que la conversación transcurría vi arrugarse su entrecejo, pasados unos veinte minutos en los que sus frases eran un simple asentimiento a un murmullo, colgó: en los apartamentos de San Bernardino que mi mamá ocupaba en cuidar para mi tía en el exterior, había un bote de agua. Llamaba la señora del piso de abajo porque se filtraba. La señora Victoria, dijo. Quería ver si alguien podía apersonarse en el domicilio. A la sugerencia de mi papá que llamara al conserje, recibió una voz discorde, con carraspera: “No, señor, no. El conserje está de viaje. Venga usted.” Que era un problema realmente terrible, si podíamos hacer algo.
La voz cambiaba de tono; en un momento pensé que era un hombre figurando el acento agudo de una mujer. Pero si esto era así, debía tener mucha práctica, porque la voz debajo era profunda, muy honda.
Mientras lo narraba mi papa mostró un semblante algo retraído: “Además, yo conozco a la señora Clarisa, y a su esposa, Migdalia, ellas son amigas mías” “Yo hable con su hijo Luis en una oportunidad”. La voz en este punto era el acento contenido de la desesperación. Un ligero temblor se había apoderado de ella. “En serio ¿no pueden venir?”. Mi padre, teniendo un repentino acceso de miedo que le trasmitía la boquilla del cacharro, colgó. Nos pareció raro que para ser un problema tan grave no volvieran a llamar.
En la noche le relatamos a mi madre, entre los dos, las llamadas.
Ella llamó apenada al conserje del edificio. Atendió. En ningún momento se había ido de viaje. En ningún momento había habido un bote de agua. En el listado no figuraba ninguna señora Victoria. Además, el domicilio de abajo no estaba ocupado. Ese día, el de la primera llamada, mi papa si salió. Pero no había ninguna fuga de gas. ¿Oh que habrá? ¿Que habrá en esos espacios vacíos de la nada? ¿Lo sabes tú? Intentamos rastrear las llamadas, pero a los dos primeros tonos de la marcación, caía en un sonido hueco. Es un sonido de desierto, como si el aire pasara sin descanso, es la mejor manera de describirlo.
Muchas veces he pensado en aquel espacio vació. En aquella voz ligeramente ronca. Y en la fatalidad de una tercera llamada que parece insinuarse, silenciosa, en cada timbre del teléfono.
Hoy recibí la tercera llamada.
Me desperté del sueño con las campanadas agobiantes en el cuarto vecino. Esperé que alguien atendiera. O la garganta se asfixiara.
En la quietud de la tarde el cuarto estaba bañado por una luz naranja. En la semilla del silencio supe que no había nadie en casa. El aullido se volvió a oír. Era un sonido intenso. Intenté ignorarlo. Sonó dos veces más, repercutiendo en los pasillos vacíos. Un miedo ilógico me hacía cerrar los ojos y esperar.
Pronto la habitación se vio sumida en un huracán de sonido. Martilleaba en los oídos hasta extenderse en un murmullo latente y ya no había posibilidad de luchar contra aquella locura. Sujetándome a las paredes, llegue hasta él y atendí.
Pensé aliviado; que confundido por el sueño había exagerado. Aquel temblor no existía. Pero aun así, me rehusaba a apartar el aparato de mí. La línea del otro lado no emitía señal. Guardaba silencio ante mis cavilaciones. Pronto se dejó oír la cadencia triste del aire arrastrarse. Junto aquel chapoteo, se notaba la respiración de alguien. Pude sentir el peso de mi cuerpo en mis talones, mientras me recorría un escalofrío. Porque de la misma manera que notamos una mirada detrás de nosotros, podía sentir que a través de aquel espacio negro, algo me sonreía.
La casa ahora figuraba en un sueño, podía sentirlo, en una alucinación frágil. Una sensación de vacío se extendió por los pasillos y habitaciones. La fascinación me hacía mantener fijo el aparato, apretado contra mi oído. Del otro lado algo insistió. Una atracción no exenta de demencia me controlaba. Cuando pensé que no podía soportar más el sonido y aquella sonrisa, se apagó. Cayeron dos tonos muertos y la voz de la operadora me calmó.
El número que usted ha marcado es incorrecto.