Diciembre llegó como siempre: sin esperanza. Aquí en el caribe no cae nieve, pero uno se la imagina; la niebla cubre las casas llenando de vaho los escaparates vacíos.
A veces comparo este mes con la isla que se forma en las fiestas, justo cuando todos están borrachos; la música flaquea y con los párpados entre abiertos en la vigilia y la alucinación recuerdas otros diciembres. Justo en ese momento te nace la ilusión de las cosas que un día fueron, de cuando la ciudad no era tan triste. Vendían bastones de caramelos y tu lengua se pegaba a ellos, desfigurando tus rasgos, o quizás mostrando lo que eras realmente: una niña emocionada por la navidad. No nos habían caído décadas de desamor en un solo año aun.
La ciudad era una festividad. Las luces pulsaban bajo la capa de blancura como un corazón, y mientras te veía recordaba que lo mejor de la navidad eran las salidas con mamá, siempre íbamos al parque Huston de la esquina; ella se sentaba con su gorro y sus guantes a observarme disputar con otros niños el puesto en el tobogán. Después íbamos al centro comercial, adornado para la ocasión. La cascada que le daba nombre corría por el centro, llenándose de los colores verde, rojo y amarillo que saltaban de los barandales. Hoy las mismas luces siguen arrojando su luz, pero mamá ya no me ayuda con las compras, y soy yo quien se sienta con un chocolate caliente a observar la carrera de los chiquillos y sus risas.
Ya la ciudad ha perdido un poco su aire cálido: ahora largas colas desbordan los supermercados. Y como si no lo supiera—ya que todos lo sabemos—me pregunto a dónde habrán ido los días felices. ¿En qué parte de este lado del Atlántico aún hay navidad, y no solo diciembre?
Aún tengo el recuerdo de aquella vez que fuimos a la piscina en medio del frío: los pocos nadadores tiritaban en la alberca y el césped era pálido; tomábamos ron entre el humo, alrededor de la mesa, sentados en sillitas plásticas. Levantando el vaso y tomando tu cintura comprendí que el ácido del tiempo no podría destruirte. Aquel momento es incorruptible. El tiempo no lograría amarillar tu sonrisa al aire, ni tu cabello castaño en una cola, ni tus uñas pintadas de colores claros.
Hay que decir la verdad: en diciembre sueño con tu voz, y llamo a todas las operadoras de la ciudad para preguntar tu dirección, pero hasta ahora solo he conseguido a catorce personas que se llaman como tú, pero no lo son; tres con variaciones en la última letra y un sinfín de coincidencias y nada. A veces, cuando el desánimo me atora la garganta, escribo en los periódicos inmensas esquelas en donde confieso que los diciembres me traen tu nombre junto a los fuegos artificiales y las luces navideñas, es algo tan íntimo, como madrugar para ver dibujos animados, que cuando puedas me respondes que te he extrañado. Que aun te recuerdo cuando el frío llega.