Hoy fui a donar sangre. Llegué de madrugada al hospital. Un señor con una chaqueta azul me indicó la sala de emergencia. El lugar es inhóspito. Tiene corredores abandonados y sin luz. Hay trayectos que debo alumbrar con el teléfono, encontrándome despojos humanos en sillas de ruedas, que levantan la cabeza azuzados por la luz. La sala de emergencias es un tugurio. Una llaga mal curada. Me encuentro en la antesala con la tía de mi amigo, Egda, sentada en una silla de plástico. No ha dormido. Tiene ojeras y se le nota nerviosa. Pasamos un corredor en penumbras, subimos unas escaleras anchas al primer piso. La sala de donación tiene un cartel con una gota de sangre de un tono más bien rosado, es una caricatura sonriente con un cartel en el que se lee: "Donar sangre es donar vida". En la pequeña estancia se forma una fila, de la que ¿afortunadamente? soy el primero. Una enfermera con el cabello amarillo amarrado en una coleta, nos pide la documentación. Debemos aguardar que sean las siete de la mañana. Detrás de nosotros hay dos tipos que nos sonríen; el primero es un hombre gordo, ancho de espaldas, con una chaqueta marrón desvaído. El segundo un señor bajito, de lentes, de unos sesenta años.
— Este hospital se está cayendo—se queja después de toser el primer hombre—antes, cuando yo era chamo, donar sangre era un requisito. Uno se le escondía a la recluta. Nos hacían pasar en fila india directico. ¿Verdad, viejo?—le pregunta al tipo de lentes. Son padre e hijo.
— Sí. Yo doné hasta los sesenta, después no me dejaron. Y te daban tu desayuno. Una arepa y un jugo. ¿Todavia dan desayuno, señora?—le pregunta a la enfermera que sigue recogiendo las cédulas. No. Claro que no. Ahora te mandan a venir desayunado. Y las cosas que te piden... ayer un señor vino sin la cédula laminada y lo rechazaron. Si vienes a las nueve, que no, que es hasta las ocho. Pero yo digo, si faltan donantes ¿Cómo lo vas a rechazar, chica? Digalo, Julián.
Julián asiente. Egda me mira avergonzada, tiene unos ojos verde espectaculares.
— Gracias—me susurra. Se lleva las manos al bolsillo de su suéter azul—. ¿Vives por donde vive José?
Le respondo que sí, que cerca.
— ¿Es tu primera vez, chamo?—me pregunta Julián, su tono de voz tiene una arista aguda—. Que mal. A veces los primerizos no sirven. Se desmayan. Cuando ven el tamaño de la aguja y la cantidad de la bolsa. Huyen.
Lo dice para darme ánimos, de manera jovial. Su padre asiente. Invitándome a superar la primera prueba de su secta, para convertirme en un viejo lobo de sangre, como ellos. El escalofrío de miedo que me recorre es confundido por una muestra de frío.
Llega una señora con un andar lento, achacoso. Se saluda con Egda. Acto seguido entra una pareja agarrada de mano. Mientras firma y entrega la documentación le dice a Egda:
— Me los traje amarrados a estos dos. Ya con estos van siete.
— ¿Y cuántos te piden pues?—responde Edga.
— Me dijeron que siete primero y ahora, ¡y que siete más!. Yo no entiendo. Ayer fui a donar y no me dejaron, porque estaba anímica. A mi prima también la rechazaron, por el peso. Después que lo iba a operar hoy, y nada. Llamé ahorita y sigue en el piso.
— ¿De qué lo van a operar?—pregunta Julian, recostado de la pared de fondo.
— Ah, se cayó cuando fue el mercado. Le dio un mareo, trastabilló, y se rompió la pierna. Le pondrán un tutor. Tiene ochenta años—dice lo último para segregarlo del grupo de jóvenes que atiborran la sala de urgencias por caída de motos, heridos de balas, de hambre, llenos de sida. Eso jóvenes que adoptaron las costumbres de una vida medieval. Vivir intensamente de forma rápida. Pero este es un hospital de ancianos que se caen a pedazos junto con él. Me da pena imaginar que se sentirá reposar quieto, sin fuerza, en un pabellón con otros quince, compartiendo el mismo sino. La misma desgracia. Oliendo a amoníaco y alcohol. Viendo las noticias repetidas una y otra vez. Sintiendo ese fantasma que parece crecer con la fuerza que nos succiona, como un zancudo enorme, gordo de vitalidad, que es la desesperación. Cada uno aporta su granito de arena.
La sala de espera es silenciosa y fría. Nos dejan esperando treinta minutos. Es un reto para que se marchen los acobardados. Para los que no puedan soportar la tristeza de las paredes sin pintar y el linóleo sucio. Hasta Julián y su padre adquieren un matiz terrible, severo. Egda me toma la mano. Creo que intuye que mis temblores no son solo a causa del ambiente. Las mujeres saben esas cosas. Nos pasan el formulario. Una cadena de preguntas sobre tu pasado hospitalario. Después me llevan junto con los otros donantes a una habitación aún más penosa. Me pinchan el dedo, analizan la sangre. Aprobado. Estás dentro. Algunos salen cabizbajos, no son aptos. Quizás el peso. Quizás un misterio revelado en su genética. Nadie pregunta, los vemos recoger sus cosas e irse. Al final del pasillo se abre una puerta y sale una enfermera morena con una bolsa. Una GRAN bolsa. Mi miedo se acrecenta. Trato de calmarme mientras miro el televisor pegado a la pared. Los espamos remiten. La enfermera morena regresa con una caja gris, me llama. El primer valiente.
El salón tiene varias máquinas, me siento en la primera. De hecho, tiene colores alegres, aunque no me fío. Estoy pensando en esos corredores negros, ocultos y silenciosos, preguntándome qué forma tomará el olvido, cuando la aguja se introduce. Un picazo potente.
— Chico ¿tú tomas suficiente agua? ¿Sí? Yo creo que no. La sangre no te sale, está espesa.
Y es cierto, siento gota a gota, el ruido de una llave abierta, vaciarme. Lento, pesaroso. Me desconecta. Me siento un poco mal al no poder donar lo suficiente cuando me indica que alargue el otro brazo. El pinchazo esta vez es anhelado, visto de cerca, y duele. El dolor se inyecta en las carnes.
— Bueno, aún es tardío, pero sale mejor.
Veo como entra Julián, con su grasa, su cuerpo que parece un tanque y llenar la bolsa en diez minutos. Me sonríe. Dice que me espera sentado. Sonriendo. El brazo se me duerme. Siento que caigo en un lecho de plumas suave. Confortador. Entra el joven, palidece al verme, con las dos venas abiertas sonriendo abobado al techo. Su pareja fue una de las rechazadas. Sale en quince minutos.
Me pregunto qué será ser abandonado en aquellos pasillos oscuros para la Eternidad. Que Dios te encuentre casi loco, delirando, el día del Juicio. Pienso en Egda, con su mohín avergonzada, parecida a una niña agradecida. Se parece mucho a mi madre. Al amor de mi vida. Me gustaría desangrarme en sus brazos y que me mira con esos ojos verdes profundos. Su esposo debe tener suerte, aunque esté invalidado en un hospital de mala muerte como este. ¿Cómo sera el cielo? ¿Te lo has preguntado, te lo has preguntado? Gota a gota. Despacio. No, no, no te apresures. Tú vas lento. Te desangramos poco a poco. Sueña. Me gustaría soñar un mundo mejor. Donde los hospitales estén limpios al menos. Pero no puedo, hay demasiado pasillos lóbregos y negros para soñar con la luz. La enfermeras son sombras, angeles de la muerte. Ya me decía yo que esos colores ocultaban la vil verdad. La inocua verdad. Que solo hay pasillos vacíos, faltos de amor.
— Chico ¿estás bien?