A la cafetería Europa le sentaron bien los distintos nombres con que le honraron sus discípulos. Quizás surgió en la epoca equivocada; como aquellos hombres anónimos e importantes que el tiempo se encargó en condenar al olvido. Sin saber cómo, apareció cerca del casco histórico de la ciudad. En un costado del apolillado centro comercial Hito; el cual se mantenía en pie a base del mercado negro que se fraguaba en sus entrañas, mal disimulado entre los falsos odontólogos y los locales vacíos de los optometristas. La Rosa Perdida (uno de los tantos nombres con el que luego pasó a llamarse) en sus orígenes regentaba el porte galante y romántico de los cafés franceses de hace una década. Sus grandes cristales negros que ocultaban su interior y las discretas letras doradas del umbral, le daban un aire distinguido que contrastaba con el viejo boulevard donde estaba asentado. Basta decir que la cafetería Europa hubiera sido un lugar de alta clase; con paredes madreselva y mesillas de madera clara. Un sitio elegante, en donde un portero encanecido y con traje te abriría la puerta. Y las jóvenes con pantalones ajustados a las caderas y blusas fantasmagóricas pedirían batidos después de la última función de cine. Donde lo más fuerte hubiera sido cerveza aguada con postres salidos de las revistas del domingo. Sin embargo, en aquella época de tensión política, el local perdió su nombre así como los sueños de grandeza que un día pudo albergar. Se erigió en piedra contra las corrientes fuertes. En una cueva en donde los perseguidos acabaron por refugiarse. Sus menús, que en otros tiempos ambicionaban con ofrecer hermosos pasteles y golosinas, dieron paso a un códice aprendido entre los que frecuentaban el lugar podían hallarse. La ilusión de haber sido un albergue para enamoradizos se extinguió a las voces susurradas, los ojos inflamados y las manos nerviosas que muchas veces derramaban media taza antes de llegar a los labios, de los poetas malditos, políticos de causas perdidas, escritores de mala muerte y aprendices del tarot que hallaron en la fría sala de la Rosa Perdida su refugio y su santuario.
El salón, que en una primera instancia daba la imagen de un tugurio olvidado, brillaba con una fuerza única y poderosa. Ya dije que mi primer encuentro se me figuraba solo otra tienda venida a menos, pero pronto sentías una ligera atracción, un suave jaleo del espíritu y te veías volviendo cada semana, viendo aquel desfile de ideas reaccionarias murmuradas a media voz, de mesas tipografiadas con frases literarias y axiomas borroneadas por las huellas de las tazas. Hasta que caías en una hondonada blanda. En una laguna tersa y empezabas a observar el baile de una tristeza diáfana y encantadora. Veías ondear en las paredes el pasado remoto; como un tapiz que hubiera cobrado vida. A partir de ese momento te conviertes en un “perdido”, como ufanamente nos dio por llamar a nuestra comunidad de locos. Además de las claves infiltradas en la carta, existían otras fórmulas que podían llevar a una bebida más deliciosa. Eso sí, aquellos “Extra Grandes” podían hacer que cualquiera volviera trastabillando a su casa después de las seis de la tarde, que era la hora de cierre. Fue en una de esas conversaciones con Alejandro que tenía la manía de apostar por todo, que prendidos del sabor dulzón de los “Grandes”y de la magia inconclusa que bañaba la estancia me arrengo, con voz arrollada.
— A ver, Poesía Empírica. Si eres tan buen poeta, te reto a que le consigas el rostro a esa vieja cochambrosa que es la Furia.
Entre las odaliscas y aprendices del tarot se hablaba mucho de que las ciudades tienen una voz propia. Si esto es así, se dijeron: ¿Por qué no han de tener rostros también? Ora algunos dejaron asomar la idea de que quizás haya ciudades que son una persona. Un ser infinito y eterno oculto entre la masa. Un hombre-ciudad. Ora se decía que aunque tuviera un rostro este estaría a buen resguardo. Oculto entre décadas. Se lo habían erosionado las cicatrices de las revoluciones perdidas, las guerras civiles, las desgracias. Así que aunque se consiguiera vislumbrar una parte de aquel misterio ¿Cómo saber con que se encontraría uno? Aquí se dividían las opiniones: la creencia mayoritaria aseguraba que eran figuras puras que no podían desfigurarse, y a quien se atreviera a acercarse quedaría prendido para siempre. Extraviado en aquellos laberintos profundos que tienen las urbes. Otros decian que era puro cuento, que las ciudades son ciudades y ya. Pero todos sabíamos, al menos los que alguna vez hayan caminado por el lado histórico, que esto no era del todo cierto. En aquel paseo de casas discordantes en arquitectura, se respiraba un aire viciado. Y una sensación extraña embargaba todo el ser. Se podía sentir el tiempo derretirse y perder la sustancia de las cosas.
—Te dije que te reto, Poesía. Si eres tan buen poeta, encuentra verdadera cara de esa ramera que es la Furia.