Si pueden ir a Sabana Grande no duden en pasar por la librería. Bueno, si la encuentran. Yo solo he podido localizarla una vez. Entré por casualidad. Es un establecimiento enano, con un letrero pintado de blanco en suave madera. No tiene vitrinas y para un paseante despreocupado le parecerá solo otro negocio sucio, desabrido, como los muchos que abundan en Caracas. Tampoco tiene nombre. Solo una puerta verde y una inscripción dorada en latín.
Adentro los estantes llegan y tocan esa especie de cúpula azul que es su techo. Solo hay un dependiente tras una computadora, nunca despega los ojos del teclado así que nunca he visto su rostro. En esa iniciación quede fascinado con los libros amontonados. Es una biblioteca rara, para un aficionado a los autores de rigor, esos que hay que leer sí porque sí no encontrara nada. Allí hay escritores excéntricos, como Bill Jung, un estadounidense del norte de Carolina que decidió escribir la vida de un personaje con afición a los aviones. Jung quiso tanto introducirse en el personaje que se olvidó que era un creador y se convirtió en fábula. Se metió en la aviación y se casó luego. Sin recordar su pasado. Esto lo supe por la biografía que se inscribe de él en uno de los apartados. Esta antología también refiere el caso de dos autores que en diferentes partes del mundo, a la misma hora, escribieron el mismo libro. Ni una palabra diferente. Al final no les quedó de otra que firmarlo juntos y desde entonces trabajan a dúo, uno escribiendo una oración y el otro la que sigue.
Gracias a mi facilidad con los idiomas que aprendí allí —ya que ustedes saben, el tiempo vuela en una librería— logré entender lo que decía el extraño de la computadora. Hablaba en tres lenguas distintas y las combinaba a la vez. En un pasta inglés-centroeuropeo-chino. Cuando al final logré precisar lo que me decía, entendí que no podía llevarme los libros, solo leerlos allí.
Y de tanto ojear, a mí también me dio por escribir y terminé relatando un cuento de un escritor ciego argentino llamado Borges que a su misma vez escribía sobre esta biblioteca infinita que se perdía en la eternidad.