No creía que hubiera pasado, está bien, estaba la urna y había un ambiente lúgubre y de tristeza pero pensé que iban a decir que era una broma, que no estaba muerta.
El ataúd estaba sobre una piedra, destapado, todos podían pasar y verla, pero yo no quería, temía verla sin vida, quería creer que ella no estaba ahí sino en aquel cuarto solitario en donde pasó su vejez, ella estaba ahí, estaba seguro, no sé por qué todos veían el ataúd, ella nos estaba esperando en aquel cuarto para bendecirnos a todos.
Los rezos eran bajos como un sollozo y los sollozos tenían más de rezo que otra cosa, creo que uno debería rezar en silencio sin proferir palabras, solo transmitiendo lo que se siente.
El cementerio se dibujaba por encima de todos y me sentí mal, porque estaba perdiendo un ser maravilloso, pero ¿Los que estaban en aquellas sepulturas no eran menos maravillosos? Me sentí mal porque quería decirle a ella que era maravillosa, sentí pena por todos los muertos, porque podía haber gente maravillosa que nunca conocería
El recuerdo tengo de ella son las tardes de calor asfixiante en su casa, con la ropa pegada por el sudor y el ruido eterno de los mosquitos en los oídos. Ella se sentaba tranquila para que le pegara la brisa, y me veía jugar. En aquel silencio de los dos se sentía que estaba triste pero amaba todo, su casa vieja como ella, su calor, sentarse a observar, amaba todo. Recuerdo que de súbito arrecio una brisa que movió la hojas de los árboles, yo me asuste y la mira con los ojos entornados y grandes, ella me miro tierna, y me dijo
"Juega, no le pares". Es lo único que recuerdo.
Comenzaron a cargar el ataúd y fue cuando me di cuenta que no me iba a esperar más en aquella habitación vetusta, sino que presenciaba como se la llevaban, y no sabia donde estaba ella. Porque aquel cuerpo frío no era ella, ella era algo más, como el rezo sin palabras.
Y le dije "gracias" porque yo casi nunca iba a visitarla, pero cuando iba ella me amaba, me perdonaba no ir a visitarla, me miraba como si se hubiera pasado la vida conmigo y la extrañe, mucho ¿Dios perdonara como ella perdonaba?. No había llorado aun, pero comencé a llorar quedó, quería decirle que no se la llevaran sin perdonarme una vez más, que la quería, la amaba por tener la piedad de que aunque la hubiera abandonado ella no sentía rencor.
Comenzaron a entonar una de esas tonadas religiosas con aquel matiz tristón, si la melancolía tuviera voz fuera un canto religioso. Y yo estaba allí, pensando cómo era ella de joven, si mi funeral también seria tan triste, quería pedirle a todos que no la mataran, que no la dejaran morir.
Le dije a alguien, no recuerdo a quien, que estaba cantando, que no la dejara morir. Que la recordara siempre, en aquel cuarto solitario o en aquella tarde de calor. Que ella no estaba en el ataúd, sino alli. Esperando para bendecirnos a todos con su sonrisa.