He despertado pensando en el desierto detrás de tus ojos, aquel sol cayendo sobre la arena y la soledad. En las últimas noches solo oigo sonido de autos, perros ladrar a una luna esquiva y los borrachos gritar hasta quedar roncos y dormirse. Mi insomnio parece manchado de historias prestadas porque en su ojo solo veo personas desaparecidas en la bruma. Sonríen, se mueven, ajenos a la noche que les da vida; caminan y conversan en medio de un río tumultuoso de muertes y resurrecciones. Tú renaces. Me pides que te acompañe a tu casa después de clases y yo voy junto a ti. El mediodía es blanco; trato de ser ingenioso, decir cosas como nadie las ha dicho pero tú no volteas a verme. Solo caminas.
En mis sueños siempre estás triste, no te alegras. El insomnio no es lo peor, es cuando algún vecino en la madrugada coloca canciones tristes. Aquellas que te hablan de un sinsentido total, de pérdida. Yo creo descubrir por qué estás triste en mis sueños. A veces imagino al vecino acurrucado con una luz pequeña en la sombra de los edificios poniendo la música. Pero cuando en mis sueños habita algo turbio detrás de tu sonrisa, creo que la música suena sola. Creo que lo que yo pienso como música no es otra cosa que la vida cantando. Yo me dejo mecer por su melodía, y de pronto, ya no sé si estoy dormido o despierto; ya no sé si te sueño o si exististe. Sé que está bien así, flotando en la nada; creyéndote y a la vez no.
Me gustaría llamarte por teléfono, confirmar que si eres real y no un producto de una noche loca cuando la vida le dio por cantar. No me sé el número. Lo he olvidado sin querer o lo he olvidado a propósito. Es mejor pensar que andas por ahí, a llamar y que no responda nadie. O al contrario, que me respondas y estés triste como en mi sueño. No sabría qué hacer si sucede eso, quizás vivir con mi insomnio lesionado que me habla de desiertos solitarios y canciones que solo yo puedo oír. Que me hace verte sin saber si existes o no.