Las Adjuntas: Considero que si debemos buscar las costumbres de un pueblo no ha de ser en la extracción baja ni mucho menos en las elevadas cúpulas del uno por ciento de las riquezas. Ni en la destruida clase media, moribunda, que en la actualidad es sólo una delgada línea, una mísera franja de tierra entre dos mares profundos. Por el contrario, hay que buscar, bucear, en el océano picado; donde se juntan y entrechocan estas culturas. Una de sus crestas álgidas es el transporte público, entiéndase como metro, que se dice las Adjuntas. Las Adjuntas es el lugar donde se encuentran la línea del metro de Caracas y la línea del metro de Los Teques. Para estas funciones cuenta con dos espacios conectados por una pasarela en tres de sus puntos; cada espacio cuenta a su vez, con dos andenes de ida y vuelta. Es una estación de trasferencia. Para los entendidos o para los desafortunados para los cuales esta vía es una constante, entiende que las Adjuntas tiene dos caras. La primera se muestra a partir de las diez de la mañana, cuando su hermana con la que sin duda comparte rostro la deja estar: Aquí la estación parece un lugar de descanso, con los vagones del oeste que están a la intemperie, ajados de sol y de lluvia, parecidos a dos elefantes en mansedumbre. Tiene un aire dominguero y son escasos los transeúntes que caminan la pasarela. Es gigantesca y vacía, da la imagen de una madre protectora dispuesta a abrazar a todos sus hijos.
Pero cuando la segunda figura se muestra, su verdadero ser ,creo yo, que comienza en la madrugada, no te permites creer lo anterior. Cuando se abren las compuertas del andén una furia desmedida se abre paso. La oleada de personas empuja, golpea y mata para correr la pasarela y poder sentarse en el tren que muchas veces (no) espera del otro lado. Regados por las sombras de la madrugada, son criaturas rencorosas, informes y vagas. De vez en cuando, sostenidos en los pilares que llegan al techo, encuentras sombras detenidas. Sin duda, los nuevos, los primerizos, los que no conocen el mecanismo de arrebato, de sedición. Ancestros de la Revolución Francesa, de los negros de Haití gritando independencia… Es la fuerza del pueblo. Una fuerza bruta, autodestructiva y carente de dirección. Para los que esas explosiones de violencia son costumbre, me cuento entre ellos, hemos perdido la esperanza. La simpatía. Nos reviste una capa de indiferencia como una costra de mugre. Ya no nos sorprende que estando sentados nos informe que ese “tren no continuará prestando servicio” y volver a correr para llegar al siguiente. Ya no nos sorprenden los que no aguantan el paso y caen. Ni siquiera los empujones ni insultos nos arrancan indignación. Quizás aquí está la fruta madura, esa falta de exaltación que le ha permitido a los dirigentes desbancar el país sin resistencia. Los conmocionados, que son sólo los recién llegados, tocan el timbre de alarma en señal de protesta preguntado ¿pueden hacer eso? ¿Eh, pueden hacerlo?, nosotros respondemos “sí, pueden hacerlo y lo seguirán haciendo”.
Las Adjuntas por fin dejar ver quién es. Una babel descontrolada. En los tres puntos de la pasarela se entrecruzan los que se dirigen hacia uno u otro lado. Los trenes se detienen por cuarenta y cinco minutos, una hora, la eternidad. Las puertas están obstruidas y una canción, que ha pasado los filtros de la revolución, suena, suena y se repite. Es un caos aterrador. En esos presidios, en esos nuevos Auschwitz modernos se entrelazan también las dos historias; las que vende el señor Enrique con sus periódicos bajo el brazo a mil bolívares y la particular, la que nunca será suscrita a los parámetros. Allí te enteras de la verdad de los bonos displicentes del gobierno: “No, sabes qué creo yo, que están asustados. Claro pana, ellos ya saben que van a caer. Y comienzan a comprar a la gente. Pero no, qué va, mira ve, yo tengo treinta años y ya no creo en ningún político”. “Mi hermana en Chile chica, dice que las cosas son difíciles pero se puede vivir”. “El dólar ya superó el salario mínimo y el ministro de economía sigue diciendo que el bolívar es más fuerte, no te digo yo”. ¿Hemos perdido la guerra? ¿Algún día supimos de verdad que estábamos en una guerra?. “Afuera no hay camioneta, es que fíjate que los cauchos están súper caros” “¿Qué no está caro señor”. ¿Tú lo sabias? ¿Cuándo viste a ese gentío sin armar enfrentarse al otro gentío con armas, tu sabías que íbamos a perder? ¿Por qué no lo dijiste? quizás no oímos. Estábamos ocupados dirigiendo nuestro odio contra nosotros mismos, dejándonos apagar en un vagón cerrado. Entonces oyes a los lejos que se vuelven a abrir las compuertas, alguien toca la alarma, hay una discusión política y todo vuelve a comenzar. La babel nos ha superado. Jaque mate. ¿Lo sabias?